En el Cementerio del Cerro del Cuervo, una humana solitaria se debatía desesperadamente contra los No-Muertos. La Luz estaba con ella, pero no daba a basto: los enemigos le superaban en demasía. Justo cuando comenzaba a flaquear, una sombra descomunal se abatió sobre sus atacantes, masacrándolos con una facilidad pasmosa. En apenas un par de pestañeos, Decorum pudo respirar. Entonces centró la atención en su fiero y formidable salvador.

Aunque le había parecido durante unos instantes que su rescatador era un enorme lobo bípedo espadachín, ante sí tenía a un hombre fornido, vestido con calzón y calzado con botas altas, todo ello de buena calidad, pero gastado por el uso.
Aún con la escasa luz de que disponía, era notorio que el recién llegado iba con el torso, ancho, recio, más bien peludo y surcado de cicatrices, al descubierto. La sacerdotisa en ciernes intuía que el calificativo de “pecho lobo” le sentaba como anillo al dedo. También podía notar que el fortachón estaba sudado y que un baño, o dos, le sentarían de maravilla.
La ex-secretaria hubiera quizá arrugado la nariz, de no ser porque, fuera quien fuese y luciera el aspecto que luciera, acababa de salvarle la vida. Por si ello no fuera suficiente, portaba, ahora envainado a la espalda, un espadón tamaño “¿algún problema?”, que bien hubiera podido llamarse “Son de Paz”.

Retrocedieron ambos ladera abajo, hacia el camino empedrado que llevaba a Villa Oscura, sin prisa pero sin pausa y sin dirigirse todavía la palabra porque no estaba la situación como para platicar: Rodeados de no-muertos por todas partes, debían abrirse paso, cosa que mantenía ocupado al misterioso guerrero.

Sin contratiempos llegaron por fin a la carretera, momento en el cual Decorum pudo observar más detenidamente a su inesperado defensor gracias a la difusa luminosidad que les brindaba la pálida luz de la luna. Mediría alrededor de metro ochenta centímetros (la señorita Butler siempre se mostró partidaria del sistema métrico decimal, más científico, menos arbitrario que el tradicional en pies y pulgadas), de piel morena, curtido por el sol, sus cabellos, que caían en descuidada melenita hasta la base del cuello, no era especialmente oscuros. Sus ojos debían ser claros, por la manera en que reflejaban la escasa luz. Resaltaban, además de los ojos, sus rasgos regulares, su frente despejada y cierto desaliño en una barbita puntiaguda que tendría menos de una semana.
En conjunto, parecía un campechano hombre de campo, pues enseguida se presentó como si en lugar de encontrarse en medio de ninguna parte y todavía en peligro estuvieran en medio de la plaza del pueblo. Indudablemente, cachaza no le faltaba. De hecho, su presencia infundía serenidad y confianza: Había que estar mal de la cabeza para pelear contra Rassen Lohan. O eso o ser una auténtica máquina de matar.

Decorum buscó a Milagro, quien, siempre más lista que su ama, se había mantenido a salvo simplemente quedándose allá, lejos de los posibles depredadores. El señor Lohan, por su parte, silbó llamando a su caballo y montó sobre él. No hacía falta ni preguntar: ¿adónde podían ir, sino a Villa Oscura?.

Cabalgaron a paso de tortuga por expresa petición de la mujer, quien no podía anotar en su currículum vítae el tener dotes de amazona sin mentir descaradamente.

El rítmico golpeteo de cascos sobre el empedrado se superponía a los desasosegantes sonidos que les llegaban desde todas partes a su alrededor: susurros, chasquidos, murmullos, gorjeos, siseos... Si uno miraba hacia la foresta que les rodeaba esforzando la vista, podía distinguir centelleantes pares, e incluso tríos, de ojos con todas las formas, colores y medidas posibles.

La señorita Butler, arrebujada en su capa, agotada y alerta, respondía con poco más que monosílabos a las preguntas del señor Lohan, pues le parecían un tanto indiscretas y extemporáneas. En fin... sí.. ciertamente el hombre acababa de sacarla de un apuro gordísimo y eso, pero... ¿acaso se conocían? ¿habían comido del mismo plato?. Tenía la esperanza de que el luchador captara por su tono y lo evasivo de sus contestaciones que no estaba para galanterías, pero comprobó que su rescatador no era un licenciado en discreción.

- Pues yo, señorita, soy escolta. - Comentó con calma el guerrero - Trabajo para la Casa Markov. Protejo a las dos hijas del Cabeza de Familia.

¡Los Markov! Decorum sintió como un golpe en el estómago y le dio un vuelco al corazón. ¿Era posible tanta casualidad?
También le informó el Señor Lohan de que pronto acudiría a una reunión con su jefe... y que debido a la guerra de Gilneas la familia estaba parte en Ventormenta y parte en Mechasur. A Decorum casi le da un vahído: ¡tanto viaje para... ¿nada?!

- ¿Lo dice en serio? - Disimuló como pudo sus violentas emociones - Fíjese que yo tenía concertada una entrevista de empleo con el señor Karl Markov, pero ya sabe.. el Cataclismo...
Rogó encarecidamente al escolta que hablara de ella al patriarca de la familia, si lo veía. No supo qué más decir y enmudeció.

La inquietante sinfonía nocturna mantuvo despierta a la traqueteada mujer mientras el amable luchador charlaba prácticamente a solas.

Al fin divisaron las luces de Villa Oscura (valga la contradicción). Éstas eran una reconfortante visión que anunciaba a Decorum el buen fin de la aventura. La villa seguía sumida en esa atmósfera tétrica y triste que la caracterizaba, mas conforme se acercaban al Mesón del Cuervo Escarlata, el aroma a cocido estimulaba el olfato de los fatigados viajeros; podía adivinarse que adentro esperaba el calor de una buena lumbre y la solidez de la construcción, junto con la presencia de la valiente milicia del pueblo, prometían abrigo y protección.

A medida que atravesaban las desiertas calles, la mujer notaba cómo los vigilantes observaban torvamente a Rassen Lohan. En cuanto entraron en la posada, las miradas de todos los parroquianos se clavaron sobre el luchador. Y no parecía ser solamente por su flagrante infracción de la más elemental etiqueta al ir descamisado. Se adivinaba algo más, aunque Decorum no podía determinar el qué.

- Conviene que nos separemos aquí, señorita. - le susurró el curtido guerrero - No le conviene que nos vean juntos.

Gracias a la iluminación del mesón, la secretaria pudo apreciar mejor los rasgos de su ya casi ex-acompañante. Confirmó así su primera impresión. Le sorprendió la frescura y templanza con que brillaban sus ojos verde manzana. También sospechó que sus cabellos castaños hacía tiempo que no se trataban con champú, en el improbable caso de que alguna vez hubieran llegado a conocerlo.

La mujer asintió. Sin embargo, antes de despedirse, Decorum llamó al tabernero y además de pedirle que le sirviera un plato de cocido y le calentara agua para lavarse, le indicó que ella se hacía cargo de la cuenta del señor Lohan: cena, baño y desayuno.
El fornido luchador, asombrado agradeció efusivamente el detalle. La señorita Butler le hizo notar que no había para tanto: era una cuestión de estricta justicia. ¡Previsiblemente, le había salvado la vida!

Se sentaron separados y les sirvieron comida recalentada al mismo tiempo. La adepta de la Luz, curiosa, no podía evitar echar rápidas ojeadas hacia Rassen, observándolo. Los modales en la mesa del señor Lohan no eran los de un príncipe, pero tampoco eran terriblemente zafios. Terminó antes que ella y se retiró a su habitación con apenas un parco “Adiós”, desapareciendo de su vida tan abruptamente como había llegado a ella.

El cocido caliente reconfortó el destemplado cuerpo de la mujer y le infundió moral, además de calmar el rugir de sus tripas vacías. Pronto estuvo listo el baño, que la renovó física y mentalmente y después... después la gloria de descansar en una cama decente con sábanas limpias, calentita y segura, dejando atrás fatigas, temores y pesares.

Los escalofriantes aullidos a la luz de la luna, chasquidos, chirridos, murmullos, gorjeos y demás pavorosos ruidos por el estilo no perturbaron ni un ápice el profundo y reparador sueño de Decorum Butler que, por fortuna, roncó plácidamente (y flojito, debemos reseñar) toda la noche.

El sol, débil y enfermizo en la siempre taciturna Villa Oscura, traería, invariablemente, el nuevo día. Con él llegarían, inevitables, las nuevas y viejas preocupaciones y esperanzas de siempre.


- ¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? - Inquirió Ella con su voz gutural, ronca y extrañamente seductora.

“- Monos no, señora, pelos. Y en cantidades ingentes.”, hubiera respondido Decorum si la cortesía sumada al instinto de supervivencia no se lo desaconsejaran muy vivamente.
La voz ronca de la hirsutísima dama modulaba el común con el inconfundible acento de Gilneas y su atuendo revelaban coquetería y buen gusto a partes iguales; de manera que Decorum sentía la viva tentación de alabar la finura de su talle o la inusitada blancura de esas cuchillas perladas que tenía por dientes. Ante la insuperable disyuntiva, y calibrando las posibles consecuencias, simplemente sonrió.

El Cerro del Cuervo, desde luego, contaba con moradores más que peculiares. El señor Fess, refugiado en aquella caravana tirada en medio del Bosque del Ocaso, había olvidado mencionar ese pequeño detalle al encargarle que se pasara por allá para hacer una entrega y colaborar con ciertos esforzados personajes que intentaban liberar la región de esos terroríficos lobos bípedos sobrehormonados. Ahora estaba hablando con uno de ellos... aunque era obvio que, a diferencia de los monstruos con que se había topado hasta el momento, éstos razonaban, así que decidió colaborar (tampoco quería comprobar hasta qué punto tenían paciencia los tan peludos señores).
Se puso, pues a las órdenes del alquimista Harris, de la Hermana Elsington y de la distinguida señorita Ella, quienes necesitaban ayuda, y mucha. Mas incluso el ayudante del señor Harris, Alterio, se apuntó a eso de pedirle favores a la voluntariosa aventurera; pronto Decorum se encontró tan saturada de trabajo que no tuvo tiempo para sentir miedo. Y eso que existían muy buenos motivos para ello.

    ¡Oh, qué lindo es colectar en bucólicos parajes! Aromáticas florecillas, brillantes piedras de colores o - ya que estamos, qué más da - ensangrentadas y nauseabundas patas de bichos gigantes, seseras apestosas (pero intactas, ¡ojo!, es imprescindible que estén enteras, le advirtieron)... Sí, sí, mucho fervor patriótico, pero quienes tenían que mancharse las manos no eran los "benefactores heróicos", sino ella, la contratada. A estas alturas, la buena mujer estaba perdiendo las pocas manías que podían quedarle.

Muchísimo mejor se tomó el trabajo de "limpiar un poco" el cementerio de al lado. La idea de "pacificar" ánimas sin reposo encajaba perfectamente con sus ideales, así que se puso manos a la tarea quizá olvidando un poco cierta desventaja numérica.
Las columnas de fuego sagrado iluminaron el neblinoso cielo aquella noche y Decorum, pletórica de fuerzas y henchida de gozo se enfrentó a un número ingente de esas Criaturas que No Debían Existir. El instinto le pudo y se encaró con demasiadas a un tiempo: Estaba en un serio aprieto.

Familiares y conocidos