Mirara donde mirara, solo veía lo mismo: Gente hundida en la miseria pisoteada por la opulenta alta sociedad y burgueses tan adinerados que seguramente su propia mierda estaría engarzada con gemas preciosas; humanos traicionando, vejando y dañando a sus semejantes movidos por la codicia, la lujuria o el simple deseo de ver a sus “rivales” retorciéndose entre estertores de dolor; la propia civilización destruyéndose a si misma, descomponiéndose entre ideales perdidos y sueños rotos...

Esos pensamientos circulaban sin cesar por la mente de William Stahenm mientras paseaba por las empedradas, y ensombrecidas por las nubes de tormenta, calles de la ciudad de Gilneas. El sabia de sobra como era el comportamiento de los seres humanos, conocía de primera mano su avaricia, su hedonismo y su innata capacidad de destrucción. Le convenía saberlo, ya que su tío Hansen le había instruido precisamente para saber sacar provecho de esto. Hansen Markov era un astuto comerciante, un implacable hombre de negocios, un excelente gestor y un influyente miembro del consejo y este pretendía que el hijo de su hermana siguiese sus mismos pasos y se “labrase un buen futuro en la sociedad”. Para William, no obstante, su tio era el claro ejemplo de un mafioso, un vil parásito que engordaba día a dia sangrando a los demás, alimentándose de ellos y dañándoles para su propio beneficio. Era despreciable, igual que todos... El Tío Karl era siniestro, lleno de amargura y algo mas que le producía una mezcla de respeto y miedo; el resto de familiares vivían en su propio mundo, metidos en sus “asuntos de Markovs”; sus supuestos “amigos” no eran mas que unos falsos aduladores que esperaban que se diese la vuelta para asestarle una puñalada... Aunque ninguno de sus ataques podría haberle hecho tanto daño como el que su propio hermano le había hecho la ultima vez que lo vio.

Varian... Varian...” Ahora el nombre de su hermano repiqueteaba en su mente como un centenar de martillos lloviendo sobre sus respectivos yunques. Aun recordaba con exactitud la traición de su hermano, como le arrebato la mujer a la que amaba sin importarle lo mas mínimo, recordaba su sonrisa de oreja a oreja después de aquello, y como actuaba como si no hubiese pasado nada ¡Como si no hubiese pasado nada! ¡Maldito hipócrita! Claro, el lo tenia todo tan fácil, con su cabello cobrizo, su piel tostada al sol, su constitución fuerte y atlética... ¡Maldición! ¡Si el hubiese llevado una vida de estudio y cultura, una vida dedicada a la preparación que su “amado tío” le había planificado ya, también seria pálido, delgado y...! Pero no, no era momento de dejarse llevar por los amargos recuerdos que conservaba, tenia trabajo que hacer. No era momento para dejarse llevar por el odio.

Aun así ¿Acaso había algo que valiese la pena? No era cosa solo de su hermano o de su tío, era toda la raza la que estaba podrida por la depravación, como dirigida hacia la locura y la autodestrucción por los susurros de la fuente de todo odio y mal. William dirigió la vista hacia un callejón, donde un par de hombres retiraban el cadáver de una prostituta, muerta a cuchilladas probablemente por un cliente descontento o un maníaco, ante un par de curiosos que miraban la dantesca escena como si fuese algo común o un espectáculo callejero hecho para entretenerles. “Escoria...”, pensó mientras continuaba calle arriba. Casi deseaba que aquellas dos pomposas damas tan opulentas que comentaban el suceso con tanta jocosidad, sufriesen un destino similar al de la pobre difunta ¿Pero y el? ¿Acaso era mejor que toda esa piara de cerdos? Estaba cumpliendo con su trabajo con una eficacia que sorprendía y enorgullecía a su tío. Eso le asqueaba. Se asqueaba. Se había visto ahogado en las mismas aguas que criticaba, en las aguas de aquel oasis de decadencia. Un oasis de decadencia en mitad de un desierto hecho de corrupción. Si habían sido creados por los Titanes como algunos sostenían, en estos momentos deberían estar llorando sangre al ver en que ha desembocado su creación.

Por un momento, deseó que ocurriese algo que los borrase a todos de la faz de Azeroth, que eliminase ese cáncer que eran para el mundo. Pero era hora de volver al mundo real, era hora de que volviese a hacer esas cosas tan horribles que hacían sus congéneres, de comportarse como ellos.

Era hora de ser humano.



La Luna llena muestra mi verdadero rostro.

La Luna llena me muestra como el asesino que soy.

Los engranajes del reloj repicaban rítmicos bajo sus pies. Una especie de calma tensa recorría la noche en Gilneas. La Luna jugueteaba a esconderse entre los jirones de nube, pero en su actual fase, las nubes no hacían más que repartir su brillo nacarino, incluso sin el beneplácito de las propias formas gaseosas, era una noche clara.

El único sonido que se escuchaba en la poblada ciudad, eran los pasos de la guardia y los alguaciles, que patrullaban monótonamente, casi como parte de las sombras que se retorcían entre sus callejones, aguantando un candil, iluminando la vía a aquellos que aún y bien entrada la noche, llegaban a casa. Pero no estaban solos, una capa de bruma, alcanzaba hasta las rodillas, como si se tratase de la nieve del frío Norte, siseaba como una serpiente de vapor. Apenas si había antorchas encendidas, o velas dentro de las casas, que iluminaban las aceras de adoquines mojados con un brillo prímula.

El reloj marcaba poco menos de la una de la madrugada, y desde el campanario, él aguardaba. El ciclo debía repetirse, otra vez luna llena. Otra vez la una de madrugada. No podía fallar.

Y de repente, entre de las entrañas de la ciudad, apareció la presa, Lord Wells. Otro nombre vacío, que no conocía de nada. Otra historia que terminaba hoy.

Apoyó en la fría baranda de piedra el rifle y se inclinó, de forma feral, acercando la culata a su mejilla para calcular la trayectoria de la bala, sintió la caricia gélida de la vieja arma una vez más. Bajo sus pies, los pistones y engranajes movían con un sonido seco el minutero una posición más. Aún no estaba a tiro.

Despreocupado, Lord Wells, había ido en búsqueda de algo de diversión para caballeros, muy digna en la ciudad si se sabía ser discreto con su esposa. Su aliento olía a las copas de whiskey que había tomado en la posada, y su equilibrio estaba muy mermado, moviéndose como si fuera controlado por un macabro titiritero. Entró en la Plaza de la Catedral, tratando de enfocar su monóculo hacia el reloj, su esposa se molestaría si llegaba con este olor de perfume a la…

La Una.

El reloj no tuvo piedad y se movió hasta que accionó con sus engranajes la campana de la Catedral. Cuando el badajo impactó en la superficie de cobre de la campana, ocultó el sonido del disparo, y el del cuerpo caer. Lord Wells había probado el sabor del plomo, cuando la bala le perforó la tráquea. Las cuerdas del titiritero se habían cortado para siempre en su fatal destino.

La sombra del campanario había hecho lo que le ordenaron, y era hora de fundirse con la gran sombra de la ciudad. Tomó su viejo rifle y lo guardó en una vieja maleta, cerrada por dos correas de cuero, amarradas por hebillas doradas, y con él inició el descenso hacia las profundidades de la Torre del campanario. Mientras descendía por las aparentemente interminables escaleras de caracol de la estructura, pudo escuchar los silbatos de los alguaciles, cuando uno de los guardias encontró el cadáver del noble, así que no podía demorarse. Aquella escalera estaba en desuso, el Cardenal la había mandado construir con una salida al exterior, en caso de entrar en guerra, tendría un lugar para escapar a la mansión Cringrís. Pero a esas horas estaba totalmente desierta.

Empujó el pesado portón de madera y sacó de su gabardina un sombrero de copa, que estiró y colocó sobre su mata de pelo azabache, para perderse en la telaraña de calles desordenadas de la ciudad, pero una voz a su espalda le detuvo en seco.

- Abel – dijo la voz.

- No esperaba encontrarte aquí, William – respondió la sombra con un tono de voz frío.

- Sabes que no te puedo dejar seguir. – Inquirió la voz tras él – No con esa maleta.

Abel se giró para cruzar su mirada con William Becksbury, Jefe de Alguaciles. Se trataba de un hombre calvo, de una cuarentena larga, con el uniforme de la ciudad típico y un silbato plateado colgando del cuello. El hombre avanzó hasta quedar a un par de pasos del asesino, que le alargó el brazo con la maleta, y lo soltó sobre los fofos brazos del Alguacil.

Al poco, tres guardias más aparecieron tras William, corriendo entre las calles, haciendo sonar sus botas metálicas contra los adoquines como si se tratasen de dos docenas de guardias, gracias al eco de las callejuelas de la ciudad. Al llegar ante su jefe se cuadraron marcialmente.

- Este ciudadano... – comenzó William, dirigiéndose hacia los guardias – Nos ha dado pistas sobre el asesino de Lord Wells. Parece que los rebeldes vuelven a estar detrás de todo esto, Lord Godfrey no estará muy contento. Habrá que buscar dónde diablos tienen su condenada guarida.

Los guardias asintieron, apurados y echaron a la carrera nuevamente, hasta perderse entre las casas y dejar a ambos hombres solos.

Abel sonrió con cierto desdén.

- Que pase una buena noche, Alguacil.

- Envíe mis recuerdos a Su Majestad. Buenas noches Lord Tempelton.

Abel se llevó la mano al frente de la visera del sombrero y la inclinó levemente a modo de saludo, acompañándolo de un asentimiento, antes de darse media vuelta y desaparecer entre la bruma.

La sangre ya había corrido, y esa era solamente la primera noche.



Aquél día había bajado al mercado de Gilneas a buscar velas. Ya quedaban muy pocas en la capilla de la mansión y necesitaba más para seguir con mis rezos, así que le pedí a Verner que me diese dinero para comprar unas cuantas. No puso ninguna objeción y me dio unas cuantas monedas, de sobra para comprar una buena cantidad de velas. La verdad es que Verner siempre me ha tratado bien.

Ya estaba volviendo cuando decidí tomar un pequeño atajo. Era una pequeña calle con tiendas situadas a la derecha. No era la primera vez que pasaba por allí. Avancé por la calle pasando al lado de una tienda que vendía unos frascos con diversos líquidos de diferentes colores. La siguiente era una tienda de objetos de segunda mano. Vendía de todo, desde dagas y puñales hasta relojes y joyas. De pronto, una mano salió de entre las cortinas y me arrastró hacia el interior de la tienda.

- ¡No! ¡Suéltame! - Chillé, mientras forcejeaba para intentar liberarme.

- Será mejor que te estés callada - Me dijo mientras me apresaba y se aseguraba de que podía notar el filo de un puñal en mi cuello.

Me obligó a quitarme el vestido mientras me miraba con ojos lascivos. Seguía sosteniendo el puñal en la mano. Yo tenía miedo y estaba furiosa: furiosa con aquel hombre y conmigo misma, por haber decidido tomar aquel atajo. Entonces se acercó a mí hasta tal punto que podía oler el alcohol en su aliento. Una de sus manos se posó sobre mi pecho mientras acercaba su boca para besarme...

- ¡Basta!

Una ola de energía atravesó mi cuerpo y fue a impactar contra aquel hombre. Salió proyectado hacia la pared, se golpeó contra ella y cayó al suelo. En la parte del torso se veían graves quemaduras. La ropa quemada se mezclaba con la su piel y unas cuantas gotas de sangre empezaban a regar el suelo. Me invadió una sensación muy extraña: me sentía bien. El hombre me miró con rabia mientras se levantaba y se dirigía otra vez hacia mí. Me concentré otra vez para atacarlo y funcionó, lo volví a estampar contra la pared y oí el ruido de su brazo al romperse.

Me estaba gustando, sentía que tenía el control. Dirigí mi siguiente ataque a sus piernas y estas también se quebraron. Ya indefenso y sin poder moverse seguí atacándolo. Tenía gran parte de su cuerpo quemado y la poca ropa que le quedaba estaba completamente teñida de rojo. Ya no intentaba atacarme, solamente gritaba de dolor. Se veía en sus ojos que estaba aterrado, pero yo me sentía demasiado bien para detenerme.

Seguí atacándole hasta que dejo de resistirse y chillar. Se quedó tendido en el suelo frente a mí, inmóvil, en medio de un charco de sangre. Suplicándome con la mirada que acabase con su sufrimiento. Lo contemplé durante unos segundos largos, saboreando esa sensación. Finalmente, acabé con él. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que había hecho. Un hombre yacía muerto delante de mí. Lo había matado yo.

Me considero una persona devota: todos los domingos voy al templo, rezo al levantarme y antes de acostarme, intento hacer siempre el bien y ser buena con los demás. Y aun así acababa de matar a un hombre.

Salí lo más deprisa que pude de allí y fui directa al templo a rezar. Mientras lo hacía, seguía dándole vueltas a lo que había pasado. “No he tenido alternativa. Me atacó él y, si no llego a defenderme, puede que ahora la que estuviese muerta fuese yo. Ha sido en defensa propia, lo he hecho para salvar mi vida.” Planteado de esta forma puede que lo que acabara de hacer no fuera pecado. “Además ese hombre era un pecador. No merecía seguir viviendo, yo solo lo he castigado por sus pecados.”

Al salir del templo me sentía mucho mejor. Emprendí la ruta de vuelta. Había perdido mucho tiempo y tenía un montón de tareas que hacer. Apreté el paso y, mientras subía por la ladera para llegar a la mansión, una idea pasó por mi mente:
“La próxima vez que tenga que ir al mercado volveré a usar ese atajo.”

Familiares y conocidos