La piel de conejo era suave bajo sus manos: deslizar la piedra para limpiarla de restos y sangre era una labor que la relajaba, aunque sabía que el olor a entrañas que inundaba el pequeño taller excitaba a a la manada de una manera que ella solo podía empezar a intuir. Podía sentirlos como un eco en la parte trasera de la cabeza, casi en la nuca: podía sentir la humedad en sus pelajes, o la astilla clavada en una pata, las ganas de jugar, e incluso había llegado a despertarse sudorosa y enfebrecida porque Calia estaba en celo y el resto de machos podían olerla. Estaba aprendiendo a separarse de los lobos en su cabeza, a ser más humana que loba aunque los instintos de la manada eran como una llamada inevitable.
"Maña" lo había llamado su padre, la vieja Maña de la gente de las montañas. Una maldición que convertía al que la usara en menos que un hombre, más cercano a las bestias que a los humanos. Le había escupido y golpeado mientras lo decía, estuviera sobrio o no, le había dicho que aquello estaba mal, que no debía compartir su mente con los lobos, le había prevenido que algún día olvidaría quien era y se convertiría en una más de ellos. Ella no había podido explicarle, bajo la amenaza de más golpes, que ya había sido una más en la manada, que ya se había olvidado de que tenía dos manos y dos pies cuando se había ido de casa asustada por las palizas y se había perdido en los bosques. No podía explicarle que los recuerdos que tenía de entonces no eran suyos, sino de la camada que había nacido cuando ella se unió a la manada y que creció con ella.
Sí, se había llevado muchos golpes hasta que había aprendido a disimular, aunque a veces se había llevado un latigazo con el cinturón cuando estaba cepillando a los caballos porque la expresión de su rostro delataba donde estaba su mente en realidad aunque ella no fuera consciente. Pero desde aquel último encierro, había aprendido algunas cosas nuevas y ahora podía, como en aquel momento, concentrarse en sus tareas mientras sentía, en un segundo plano, la vida interna de la manada. Su padre, dormido y borracho, se revolvió en la cama pero no despertó. Cybil suspiró y se secó el sudor de la frente: no quería encontrárselo despierto bajo ningún concepto. Desde que la había encerrado en el dormitorio de la planta superior, había empezado a odiarlo con un sentimiento más animal que humano.
Sintió la conmoción de la manada de pronto con un estallido de dolor. Apretó los dientes para reprimir un grito y jadeó. De pronto en su mente solo había lugar para el dolor, la incomprensión y la rabia. Se puso en pie bruscamente, buscó con su mente algún atisbo de información. Lo que encontró le hizo flojear las rodillas: los lobos atacaban con rabia, se defendían de un agresor al que no podía distinguir. Podía percibir como el finísimo hilo que la conectaba con varios de ellos, con toda seguridad malheridos, se iba volviendo más y más frágil.
"¡NO!" les gritó en su mente "¡AGUANTAD!" pero los hilos estallaron uno a uno, como pequeñas burbujas y su presencia se esfumó.
Luego, tan rápido como había empezado, la amenaza desapareció y la siguió un silencio absoluto que la estremeció hasta lo más profundo.
"¿Calia?" llamó, temiendo lo peor.
No hubo respuesta y se tambaleó de puro terror. Era incapaz de imaginar la vida sin ella, habían estado juntas siempre y en su lazo se basaba la conexión de Cybil con los demás lobos: era a través de sus ojos y su mente como la muchacha formaba parte de la manada. Sin ella era ciega, sorda y muda. Calia era más que una amiga o una hermana, era parte de ella misma.
"¿Calia?"
La respuesta llegó lejana, teñida de dolor y de miedo.
"Gris ya no está" el alivio sobrevino a la muchacha al percibir la presencia de la loba en su mente, aunque la pena lo empañaba todo "Ragsa y Narya no están"
Cybil miró a su padre, borracho y dormido sobre el catre y tras coger la escopeta apoyada junto a la entrada, salió sigilosamente de la cabaña y corrió a unirse con la manada.
La luna llena brillaba coronada con la aureola multicolor que le daba la luz al pasar por las brumas que surcaban los cielos de la sombría capital Gilneana. El tenue resplandor de la brillante perla nocturna iluminaba el tranquilo riachuelo que transcurría al lado de la hacienda de campo de los Clift, dándole el aspecto de una calzada de plata liquida. Tan solo los aullidos de unos perros se podian oír en esa fría noche, los perros de los Clift.
Hacia un par de días, el mastín de caza de los Clift, al que habían llamado por algún motivo “Bob”, había sufrido un percance en una de sus patas durante una jornada de rastreo. Aun así, el valiente sabueso había intentado por todos los medios continuar con sus labores cotidianas, pese a la gravedad de la herida y ahora yacía sin poder apenas moverse en un rincón del pequeño recinto de los perros. El cabeza de familia de los Clift, el intachable señor Jonathan Clift, cazador de reconocido talento y actualmente el encargado de los negocios familiares, había visto la situación del animal y, sabiendo que no se podía hacer nada por el, mando a sus criados a que sacrificasen a su fiel compañero.
Sin embargo, algo curioso había sucedido en el momento en el que los siervos de Jonathan fueron a por el dogo: Los demás perros de caza, al igual que las criás del propio “Bob”, habían formado un circulo alrededor del malherido y orgulloso mastín y no permitían que nadie se acercase a el. Los criados habían probado a alejar a los perros con trozos de carne, con varios juguetes y enseres de los que solían mordisquear, pero sin ningún resultado: Los animales no dejarían que se llevasen a uno de los suyos por ningún precio. Esta fue la curiosa escena que vio William Stahenm al llegar a la hacienda de los Clift. Pero no podía distraerse con eso, ahora no, por encomiable que le pareciese. Tenia negocios entre manos.
No le hizo falta llamar a la puerta, uno de los sirvientes ya estaba allí y anuncio su llegada al señor Jonathan. Este se hallaba de pie junto a la chimenea, sujetando una copa llena de lo que parecía ser Brandy (Actitud que le pareció bastante típica entre la gente de allí, de hecho). Sin una reverencia, saludo o siquiera apartar la vista del ardiente fuego, dijo con un tono de voz lleno de sorna:
Ah, ya llego el perro de los Markov... ¿Que quieres tu ahora? ¿Te enviá tu tío como a los otros matones para “disuadirme” acerca del negocio de mi buen amigo Jacob? - Con la mano que tenia libre, desenfundo una pequeña pistola de pólvora que guardaba en el cinturón- Mas te vale que te largues antes de que ocurra un accidente.
Señor Clift, le ruego que me escuche tan solo un momento -Respondió William en tono sosegado-. Si después de eso, su respuesta sigue siendo “No”, le prometo que nadie mas volverá a molestarle sobre este asunto.
Esta bien, tienes hasta que suene el reloj -Sentencio señalando con el cañón a un lujoso reloj que adornaba la pared-.
Mi señor, no pienso andarme por las ramas, el negocio que su esposa pretende montar es un impedimento para mi tío Podríamos gastar tiempo y recursos en una competencia mercantil hasta que uno de los dos salga victorioso, pero preferimos ahorrarnos a todos tan tediosa tarea. Escuche... -William se aclaro la garganta antes de continuar- Se de sobra que si usted apoya económicamente a su amigo de la infancia es porque cree que sera una buena inversión Mi tío hay veces que no toma la “aproximación correcta” en los negocios, tiene la ridícula idea de que todo se puede resolver mediante matones y... Bueno, hay otros muchos métodos
Tras esto, William deposito una caja cuadrada de color negro, con un asa en uno de sus lados y la abrió lateralmente, mostrando la fortuna que contenía esta. Pudo ver como el rictus de Jonathan se desencajaba, como los fuegos de la avaricia ardían con ansia en sus ojos:
Mi humilde contraoferta es esto, valorado en Cincuenta Mil monedas de oro. Monedas que tendría aquí y ahora en vez de esperar años y un poco probable éxito del negocio de su amigo para empezar a percibir leves beneficios. Ademas, señor mio, mi buen tío ha acordado con el... Llamémoslo “Club de distracciones para caballeros” que usted frecuenta, el acceso a ciertos servicios vitalicio que correrá a nuestro cargo, como gesto de buena voluntad. No hay mas, señor Clift, retire el apoyo a su “querido y leal amigo” y nosotros, los... -William pronuncio sin poder ocultar el asco que le daba actuar así- Markov... Nos encargaremos de que no se arrepienta de ello.
En ese momento, William habría jurado que el señor Clift estaba babeando ante la visión del contenido del cofre. Sabia que aceptaría, todos lo hacen, todos son iguales... El pobre Jacob Hokstant, viudo y con cuatro bocas que alimentar quedaría sumido en un mar de deudas que no podría pagar, viviría en la calle donde el y sus vástagos morirían de hambre por la ambición de su “Mejor amigo”. Ante el brillo del dinero y el ardor de la lujuria, la mascara de Jonathan había caído, y su rostro era el de la traición sin remordimientos. Justo cuando el reloj comenzó a sonar, William pudo oír claramente que su interlocutor decía, entre risas histéricas llenas de jolgorio: “Trato hecho... Acepto ¡Acepto! ¡¡ACEPTO!!”
Cuando salio de la casa, vio que los criados todavía trataban de llegar al viejo “Bob”, y un pensamiento entro en su mente y comenzó a fluir como una gota de tinta por un vaso de agua caliente: ¿Quienes son realmente los animales? Allí estaban los perros, defendiendo a uno de los suyos herido, casi muriéndose, rechazando los jugosos sobornos que los criados les ofrecían, y dentro de la casa Jonathan, que había vendido a su mejor amigo a cambio de satisfacer sus pasiones mas bajas y procurarle una buena cantidad monetaria para sus vicios hedonistas... ¿Quienes son realmente los animales?
Mientras recorría el camino de vuelta a la casa de su tío, pensaba en las pocas personas que había visto tal y como eran, en especial en aquella muchacha que su hermano, su vil y odioso hermano, le había arrebatado... ¿Como era? ¿Cybil?... Hacia mucho que no la veía, y en cierto modo tenia ganas de ello. Pero estas ganas se veían empañadas por el dolor y su propio orgullo, ademas el era un hombre ocupado y no podría perder tiempo buscándola. Deseó que siguiese igual que la ultima vez, natural, sin fingir, siendo como es y no oculta tras una mascara. Una mascara... en aquel lugar todos llevaban una, hechas de hipocresía, mentiras, engaños y apariencia, sobre todo apariencia. Mascaras que ocultaban aquello que eran realmente, que hacían ver a todo el mundo lo “buenos” que eran y que distraían la atención de sus espantosos aspectos reales. Era todo un gran carnaval de mascaras, un asqueroso carnaval donde todos se peleaban por llevar la mas blanca e impoluta, aunque por debajo estuviese llena de monstruos hechos con oscuro fango.
“Pero algún día.. -Pensó William- Algún día en esta fiesta llegara la esperada medianoche... Y yo seré el primero en quitarme la mía”
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