Me encontraba estirada en la cama de una de las habitaciones de la Catedral. No podía dormir. Esta noche habían pasado muchas cosas.
Todo había empezado cuando, después de encontrarme a Verner, Karl y a Falsten, habíamos decidido ir a una taberna a tomar algo. La taberna que acabamos eligiendo resultó estar bastante llena, aunque afortunadamente al final conseguimos encontrar una mesa libre en la que sentarnos en la parte superior. Después de observar detenidamente el local, tan sólo se me ocurría una palabra para describirlo: cutre. Las mesas y sillas eran de madera, que se veía bastante deteriorada, la decoración era escasa y, por si fuera poco, al local le hacía falta una limpieza a fondo. Incluso me pareció ver varias ratas paseándose por el local como si fuesen clientes habituales, junto con algunos de los borrachos que estaban pidiendo en la barra y alguna que otra furcia que estaba con ellos.
Le pedimos vino a Falsten, que fue a la barra a pedirlo, mientras Verner y yo nos poníamos al día acerca de nuestras actividades desde después del exilio de Gilneas. Me habló sobre los elfos y sus extrañas costumbres y de la gran variedad de zumos sin alcohol que preparan. Falsten regresó con el vino, que resultó no ser del agrado de Karl, y realmente no era comparable al que acostumbrábamos a tener en Guilneas. Entonces Falsten se ofreció a buscar uno mejor. Y lo encontró. No sé dónde fue a buscarlo, pero la verdad es que fue el mejor vino que he probado desde que estoy en Ventormenta.
Fue entonces cuando se inició el problema. Karl se había ido un momento y nos quedamos Verner y yo sentados en la mesa hablando tranquilamente cuando un par de borrachos intentaron meterme mano. No me hizo falta hacer nada, Falsten no se había separado de nosotros en ningún momento, servicial como tan sólo él es, no tardó en defenderme. Mientras él se encaraba con los borrachos, yo intenté no prestarles atención y seguir hablando con Verner, aunque en ese momento ya me entraron ganas de castigar personalmente a esos tipos por su falta absoluta de respeto y moral para con las indefensas señoritas.
La discusión estaba subiendo de tono y llegó a tal punto que se acordó salir a fuera del bar y terminarla por otros medios, pero en ese momento volvió Karl y nos dijo que nos íbamos a otra parte. Así que nos levantamos todos y salimos del bar. Una vez fuera no pasó nada, salvo alguna que otra provocación, pero Karl ordenó a Falsten que no se perdiese el tiempo con esos individuos. Falsten obedeció y yo me quede un poco decepcionada al ver que el asunto terminaba sin sangre.
Después de eso fuimos a la plaza de delante la Catedral, Verner y yo íbamos los últimos y cuando llegué vi que se habían encontrado con Kitiarha. Mientras nos estábamos saludando llegó otro tipo diciendo ser de la guardia y que había sido alertado por una pelea. Nos pidió nuestros nombres, que nos negamos a dar ya que no vestía ningún tipo de uniforme, y finalmente se fue.
Karl y Kitiarha se fueron a otra parte a hablar y al poco rato también se fue Verner. Falsten y yo nos quedamos sentados en un banco charlando cuando vimos llegar al tipo de la guardia junto con los borrachos de antes. Viendo que no podía salir nada bueno de aquello, me fui a avisar a Karl, Verner y a Kitiarha mientras Falsten se quedaba. Una vez los hube encontrado volvimos todos rápidamente y llegamos justo en el momento que se estaban llevando a Falsten. Nos unimos al grupo de gente y les seguimos.
Después de otras tantas discusiones conseguimos aclararlo todo y al final los de “la guardia” nos pidieron disculpas, pero no me pareció que fuesen a hacer nada con los borrachos, cosa que a mí no me pareció nada bien ya que, además de ser culpables por lo de antes, también lo eran por mentir.
Al final nos separamos y Kitiarha me estaba acompañado a la Catedral, donde yo tenía pensado dormir esa noche. Pero mientras volvía sentía que algo no estaba bien, que esa gente no merecía quedar libre. Intenté olvidar el tema y después de despedirme de Kitiarha subí a una habitación y me dispuse a dormir.
Pero no podía.
Fue entonces cuando me decidí a hacer algo. Me levanté de la cama y me vestí de nuevo para salir. Esta vez decidí no ponerme un vestido y en su lugar me puse ropa más provocativa, aunque también me lleve conmigo una capa larga con capucha para resguardarme de las inclemencias del tiempo, ya que a esas horas había refrescado. Ya era muy tarde y esa noche no había luna. Me dirigí a la zona del bar de antes. No estaba muy segura si lo que estaba haciendo estaba bien y aún no tenía claro qué es lo que iba a hacer si me los encontraba. Llegue cuando ya estaban cerrando. Vi a un par de borrachos salir de allí entonando una antigua canción de piratas, pero esos no eran los borrachos de antes. Las calles estaba muy oscuras y no había ni rastro de aquellos indeseables.
Iba andando ya de vuelta procurando ir por calles poco iluminadas. Estaba bastante decepcionada por no haberlos encontrado, aunque pensé: “Supongo que los dioses han sido misericordiosos con ese par, por alguna razón no quieren que sean castigados”. Pero cuando ya había empezado el camino de vuelta oí pasos de alguien siguiéndome, y una segunda persona apareció en el otro extremo de la calle impidiéndome la huida.
Me encontraba en un pequeño callejón, mal iluminado, y con dos personas que se me acercaban. Vi apagarse la luz de la única ventana que quedaba abierta y acto seguido alguien cerró los postigos. Seguramente los vecinos estaban ya acostumbrados a que ocurrieran este tipo de escenas y no querían tener nada que ver con ellas. En esos momentos una sola idea pasaba por mi mente: “Por favor que sean los que antes me han acosado, por favor…”.
-Mira que tenemos aquí… ¡hic! – Dijo el hombre de enfrente, que parecía muy borracho.
-¿No te han enseñado que las calles de noche pueden ser peligrosas? – Preguntó el hombre de detrás de mí, que parecía algo más sereno.
“¡Lo son!”
No dije nada, dejé que se me acercaran un poco más. Cuando ya los tenía casi encima pensé que sería misericordioso darles una última oportunidad de redención, así que les dije:
- Por favor, dejadme ir, no quiero tener ningún problema.
Pero ellos se limitaron a sonreír y se me echaron encima. Sin embargo, quien de verdad sonrió en ese momento fui yo. “Que me los haya encontrado ha sido una señal, y además han rechazado el camino de la rectitud, no hay duda que lo correcto es que sean castigados”.
Sin que pudieran reaccionar cambie a la forma huargen y los empujé contra la pared de enfrente. Ya no quedaba ni rastro de sus sonrisas, solo se veía miedo en sus caras, aunque eso también iba a cambiar pronto. Era hora de poner en práctica lo que había leído en un libro muy interesante que encontré en la biblioteca. En la taberna recuerdo que Verner me preguntó si había mejorado en mis artes y, aunque sí que es cierto que mis artes curativas han mejorado mucho, el libro más ilustrativo de cuantos leí fue uno llamado El arte de la Tortura. En él había un apartado titulado “Palabra de las Sombras: Dolor” que detallaba cuáles son los puntos del cerebro más vulnerables y cómo actuar sobre ellos.
Y dolor era lo que se veía representado en los rostros de las dos personas que tenía delante de mí. Estaban tirados en el suelo, agonizando, sin poder hacer nada. Y, después de un tiempo que bien habían podido ser minutos, la vida de esos hombres terminó. Para asegurarme de que nadie viese algo extraño en el caso de decidir examinar sus cuerpos busqué un cuchillo entre sus pertenencias. No tardé en encontrar uno y lo clavé varias veces en los torsos de ambos hombres. De este modo si alguien se molestaba en averiguar qué había pasado, cosa poco probable, al ver que ambos tenían marcas de puñaladas atribuirían su muerte a alguna disputa entre ellos o con algún atraco fallido. En cualquier caso, no encontrarían nada que les pudiese conducir a mí.
Volví a adoptar mi forma humana y fui a la Catedral, recé un par de oraciones y finalmente pude dormir tranquila, segura de haber obrado bien.