"Bosque del Ocaso", lo llaman.

Si alguna vez se dejaron ver en esa lóbrega arboleda los colores del sol al amanecer o al atardecer, ni rastro quedaban ahora de ellos. Envuelto en sempiterna penumbra, "Bosque Tenebroso" hubiera resultado la denominación más adecuada. Daba miedo. Y los sonidos que llegaban al camino desde la espesura no invitaban, precisamente, a adentrarse en tan inquietante paraje.

La mortecina luz de algún fanal flanqueando la estrecha carretera recordaba que se encontraban en una comarca civilizada y se acercaban a la villa. “Villa Oscura”, rezaba la plancha de madera. Ahí sí que habían acertado plenamente con el nombre.

Sombrío y silencioso el lugar. Taciturnos y misteriosos los habitantes, componentes del ambiente opresivo y amenazador reinante.

La secretaria reconvertida en “agente libre” estaba convencida de que no le faltaría trabajo. Sus previsiones se cumplieron:

Recuperación de objetos perdidos en el peor sitio, recolección de ingredientes variopintos, pequeños “ajustes de cuentas”... Pronto comprendió por qué en las calles del pueblo solamente se podía ver a los esforzados miembros de la milicia local y a algún osado artesano. Para colmo, vivían rodeados por algo peor que simples alimañas.

Había leído sobre ello. Había escuchado relatos al amor de la lumbre, allá en su lejano hogar, pero no uno no conoce realmente el horror hasta que lo presencia. Esas criaturas no deberían existir, gritaba mentalmente el raciocinio de la sirvienta, desesperado. Eran antinaturales: los muertos no caminan. Le resultó muy difícil dominar ese terror irracional y aplicar los medios adecuados para sobrevivir a su ataque.

Decorum se sorprendió invocando los poderes de la Luz en su auxilio. Ella nunca había sido una persona especialmente religiosa. Su pragmatismo era de todos conocido. Veía las cosas de manera sencilla y prosaica. Además, las luces otorgadas por la ciencia y el conocimiento eran las únicas en las que confiaba. Pero ahora, luchando contra lobos aberrantes y engendros necrománticos en medio de ninguna parte, su sangre se inflamaba llena de indignación y justa ira. Respondiendo a su voluntad, columnas de luz materializada fulminaban a sus enemigos. Y si con eso no bastaba, bien presta tenía la mecha de la dinamita. La combinación de fe más ciencia resultó explosiva y la hija del mayordomo regresó a la villa magullada y exhausta, pero satisfecha.

Cuatro días después de su llegada a Villa Oscura, Decorum tenía el ánimo a juego con el lugar y daba gracias a la Sagrada Luz que la salvaba de caer enferma por la melancolía de la penumbra perpetua en que estaban sumidos. Encima, el viento solamente traía el eco de escalofriantes gemidos ultraterrenos y lastimeros aullidos capaces de helarle la sangre en las venas al más pintado. Afortunadamente, sabía cómo combatir ese humor lúgubre que la embargaba: Era cuestión de sacudirse el desánimo, moverse y cumplir la tarea; Nada como el estimulante olor a pólvora de buena mañana. Además, otorgarle el descanso eterno a algunas ánimas perdidas y chamuscar el pelaje de algunos chuchos bípedos era una excelente y provechosa, aunque arriesgada, manera de pasar el día.

Pensando esas y otras cosas, la mujer empacó y partió, diligente, a lomos de su yegua hacia el Cerro del Cuervo.

Ignoraba, por supuesto, que allá le estaban esperando un buen par de sorpresas y otros tantos sobresaltos.

Familiares y conocidos