- ¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? - Inquirió Ella con su voz gutural, ronca y extrañamente seductora.
“- Monos no, señora, pelos. Y en cantidades ingentes.”, hubiera respondido Decorum si la cortesía sumada al instinto de supervivencia no se lo desaconsejaran muy vivamente.
“- Monos no, señora, pelos. Y en cantidades ingentes.”, hubiera respondido Decorum si la cortesía sumada al instinto de supervivencia no se lo desaconsejaran muy vivamente.
La voz ronca de la hirsutísima dama modulaba el común con el inconfundible acento de Gilneas y su atuendo revelaban coquetería y buen gusto a partes iguales; de manera que Decorum sentía la viva tentación de alabar la finura de su talle o la inusitada blancura de esas cuchillas perladas que tenía por dientes. Ante la insuperable disyuntiva, y calibrando las posibles consecuencias, simplemente sonrió.
El Cerro del Cuervo, desde luego, contaba con moradores más que peculiares. El señor Fess, refugiado en aquella caravana tirada en medio del Bosque del Ocaso, había olvidado mencionar ese pequeño detalle al encargarle que se pasara por allá para hacer una entrega y colaborar con ciertos esforzados personajes que intentaban liberar la región de esos terroríficos lobos bípedos sobrehormonados. Ahora estaba hablando con uno de ellos... aunque era obvio que, a diferencia de los monstruos con que se había topado hasta el momento, éstos razonaban, así que decidió colaborar (tampoco quería comprobar hasta qué punto tenían paciencia los tan peludos señores).
Se puso, pues a las órdenes del alquimista Harris, de la Hermana Elsington y de la distinguida señorita Ella, quienes necesitaban ayuda, y mucha. Mas incluso el ayudante del señor Harris, Alterio, se apuntó a eso de pedirle favores a la voluntariosa aventurera; pronto Decorum se encontró tan saturada de trabajo que no tuvo tiempo para sentir miedo. Y eso que existían muy buenos motivos para ello.
El Cerro del Cuervo, desde luego, contaba con moradores más que peculiares. El señor Fess, refugiado en aquella caravana tirada en medio del Bosque del Ocaso, había olvidado mencionar ese pequeño detalle al encargarle que se pasara por allá para hacer una entrega y colaborar con ciertos esforzados personajes que intentaban liberar la región de esos terroríficos lobos bípedos sobrehormonados. Ahora estaba hablando con uno de ellos... aunque era obvio que, a diferencia de los monstruos con que se había topado hasta el momento, éstos razonaban, así que decidió colaborar (tampoco quería comprobar hasta qué punto tenían paciencia los tan peludos señores).
Se puso, pues a las órdenes del alquimista Harris, de la Hermana Elsington y de la distinguida señorita Ella, quienes necesitaban ayuda, y mucha. Mas incluso el ayudante del señor Harris, Alterio, se apuntó a eso de pedirle favores a la voluntariosa aventurera; pronto Decorum se encontró tan saturada de trabajo que no tuvo tiempo para sentir miedo. Y eso que existían muy buenos motivos para ello.
¡Oh, qué lindo es colectar en bucólicos parajes! Aromáticas florecillas, brillantes piedras de colores o - ya que estamos, qué más da - ensangrentadas y nauseabundas patas de bichos gigantes, seseras apestosas (pero intactas, ¡ojo!, es imprescindible que estén enteras, le advirtieron)... Sí, sí, mucho fervor patriótico, pero quienes tenían que mancharse las manos no eran los "benefactores heróicos", sino ella, la contratada. A estas alturas, la buena mujer estaba perdiendo las pocas manías que podían quedarle.
Muchísimo mejor se tomó el trabajo de "limpiar un poco" el cementerio de al lado. La idea de "pacificar" ánimas sin reposo encajaba perfectamente con sus ideales, así que se puso manos a la tarea quizá olvidando un poco cierta desventaja numérica.
Las columnas de fuego sagrado iluminaron el neblinoso cielo aquella noche y Decorum, pletórica de fuerzas y henchida de gozo se enfrentó a un número ingente de esas Criaturas que No Debían Existir. El instinto le pudo y se encaró con demasiadas a un tiempo: Estaba en un serio aprieto.