La pequeña habitación bullía de alegría. Hacía mucho que no se veían... Demasiado tiempo. Sonriendo, Ancel no dejaba de mirar a sus hermanos. Robert, bromeando como siempre, estaba exagerando una de sus peleas de taberna de tal manera que a Alice, su hermana pequeña, le saltaban las lágrimas y le brotaba una risa incontrolable que acabaría por dejarla sin aliento. James, en cambio, se limitaba a observarlos desde su asiento con un amago de sonrisa en el rostro. Ancel no dudaba del amor que profesaba a sus otros hermanos... Pero James siempre había sido muy serio.
¿Cuando había sido la última vez que los había visto? Hacía años... Unos diez años, quizá. Era muy difícil que pudieran verse todos juntos y eso tan solo solía ocurrir cuando Raimond, su padre, los citaba. Los citaba muy poco y siempre con algún motivo de peso. Ancel sabía que no deberían estar tan despreocupados si su padre les había enviado esa carta, sobretodo con el tono de urgencia que parecía transmitir esa misiva en concreto. Pero no podían evitarlo, hacía tantos años que no veía a sus hermanos...
En ese momento, la puerta se abrió con energía. A pesar de que no dio ningún portazo ni el rostro que asomó por ella parecía duro o molesto, se hizo el silencio de inmediato. Podrían haber pensado que Raimond, por fin, había llegado. Pero su padre no era tan alto, ni tan corpulento.
No, no era su padre... Era uno de esos jodidos Markov.
Sin ningún tipo de ceremonía, Verner Markov entró a la habitación donde estaban reunidos, cerrando la puerta cuidadosamente. Según ellos decían, no era digno de un Markov dejarse llevar y descuidar la puerta en su trayectoria. No, él siempre la acompañaba para que no hiciese ruido al cerrarse. Con pasos seguros, una bolsa colgada del hombro izquierdo y una leve inclinación de cabeza a modo de saludo, se acercó hasta ellos deteniéndose tan solo al llegar delante de la mesa en la que James estaba sentado.
- ¿Dónde está nuestr...? - empezó a decir James. Pero antes de que acabase, Verner había levantado la mano derecha, mostrando la palma en un gesto que reclamaba silencio y no admitía ninguna excusa. James cerró la boca en seguida. No sabía que era, pero ese Verner Markov siempre infundía respeto. Era algo cuanto menos irracional, pensaba Ancel, dado que el primogénito de los Markov era el más correcto de sus hermanos y siempre hablaba con seguridad y tono tranquilizador. A pesar de tener esos brazos tan fuertes, jamás habría hecho daño a una mosca.
O eso pensaba él hasta pocos momentos después.
Todo había ocurrido como si de un sueño se tratase. Un sueño terrible. Ancel se había quedado sentado, con la mirada fija sobre lo que Verner les había dejado sobre la mesa antes de marcharse. Robert sollozaba, con los labios aún manchados por el vómito. Su hermana, Alice, lloraba desconsolada y James estaba tan pálido que parecía que lo hubiesen sangrado.
- Vengo a daros una noticia. - Había empezado a decir Verner, pocos minutos atrás.- Mi enhorabuena, habéis heredado... La deuda de vuestro padre. - Añadió el Markov, al mismo tiempo que metía la mano en la bolsa que había traído consigo y sacaba la cabeza de Raimond, su padre, cogida por el cabello. La depositó cuidadosamente sobre la mesa, de tal forma que les miraba con ojos fríos, vacíos, en una eterna mueca de terror.- Tenéis siete días para reunir el dinero y liquidarla cuando vuelva a visitaros.
Impotente, sin atreverse a mover un músculo, Ancel había observado a Verner acercarse a él. Una espada colgaba de su cinto y llevaba un escudo a la espalda. Casi podía oír el tintineo de la cota de malla bajo la ropa de tela ligera. Verner se limitó a posar la mano derecha en su hombro. Sintiendo la presión firme de su mano, Ancel pudo oir las últimas palabras que había añadido antes de darse la vuelta e irse: “Os acompaño en el sentimiento.”
Y allí estaban ellos ahora. Nadie había sabido reaccionar desde que Verner Markov había salido por la puerta, abriéndola enérgicamente y cerrándola sin hacer ruido, como siempre hacía. Todos seguían paralizados, impotentes o sollozando ante la mirada muerta de su padre.
“No importa lo que ocurra.” -recordó Ancel que le dijo Verner a su padre, Raimond, el día que cerraron el trato con los Markov.- “Un Markov siempre cobra sus deudas.”
Raimond había reído, asintiendo. Verner, no.
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