El sudor le chorreaba por la frente, su pelo revuelto le caía por delante de la cara, su respiración agitada se escuchaba perfectamente ante el silencio de la habitación. Se levantó del suelo, empuñó de nuevo su espada y se dispuso a cargar. Cargó con todas las fuerzas que le quedaban, pero de nada sirvió: el maestro de armas de la familia esquivó el ataque con una finta. Haciendo un giro sobre sus pies, golpeó a la muchacha con la empuñadura de su arma en la espalda e hizo que cayese de bruces contra el suelo.

El maestro de armas apoyó su espada contra el suelo, dando a entender a la joven que la práctica había acabado. –Sigues siendo mediocre.- La muchacha, tirada en el suelo, alzó su rostro para mirarle. No dijo nada. –Así nunca llegarás a defender a la Familia- dijo mirando a la joven tumbada en el suelo, escuchando su agitada respiración.

La muchacha vio al maestro girarse y ascender por las escaleras que llevaban a la puerta de salida de la habitación poco iluminada. Él se giró y, antes de salir, la miró diciendo:- Los Markov no consentimos la protección de luchadores mediocres por mucho que seas de la familia, Anasthasia.- Y, abriendo la puerta, salió de la habitación. La muchacha dedicó durante un par de segundos una mirada de rabia y odio al maestro, suspiró y se tumbó en el frío suelo de la habitación, sabiendo que el engreído maestro tenía razón. Y sabiendo también que, le costase lo que le costase, demostraría que estaba equivocado con ella y que no era mediocre. Después de todo era una Markov y, como todos, debía destacar en todo lo que hacía.


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Familiares y conocidos