Bajó por las escaleras, giró en el pasillo a la izquierda, en el largo corredor se encontró con una de las mujeres del servicio de la casa, esta saludó a la jóven, la cual, acto seguido,se deslizó por la segunda puerta a la derecha. Al entrar a la habitación se sorprendió, el maestro de armas de la casa la observaba, sentado en un sillón, con ese aire de superioridad que parecía que siempre tenía. -¿Hoy no es jueves?- preguntó la muchacha. El hombre se limitó a asentir, le dio un trago a la copa de licor que sostenía con la mano derecha y continuó observándola.

–Creía que hoy salías de la mansión- la jóven quedó mirando al hombre.

Tras unos segundos que parecieron minutos, dio otro trago a su bebida y se limitó a decir con tono de burla: -Creía, creía… ¡bah!- de repente tomó la copa, ya vacía, y, sin decir nada se la lanzó a la cabeza a la jóven mientras le gritó: -¿¡Así es como pretendes proteger a la familia?! - La muchacha esquivó la copa agachándose grácilmente, se giró para observar la copa, que había quedado hecha añicos al impactar contra la pared del pasillo y que había dejado unas pequeñas gotas de licor en la pared. Clavó la mirada en el hombre, entrecerrándo los ojos. -¿Quizá esté borracho?- pensó la joven, pero eliminó rápidamente la idea de la cabeza. -¿A qué ha venido eso?- preguntó al hombre. -¡Has de estar siempre alerta, siempre preparada para cualquier improvisto que pueda surgir, siempre lista para proteger a la familia!. Tras eso se acomodó de nuevo en el asiento y se limitó a mirar a la muchacha de arriba a bajo.

-Ahora, vete, Anasthasia, mañana tenemos entrenamiento, temprano.

La jóven se dio la vuelta, e iba a salir de la habitación cuando, mirando por el rabillo del ojo vio que el maestro se movía, sin pensarlo, se agachó de nuevo en un rápido movimiento, casi por instinto, y un instánte después escuchó el sonido de otra copa destrozándose contra la pared. Se incorporó y se dirigió a la puerta, mirando de nuevo la pared que había sido el blanco de los lanzamientos del hombre, observándo un par de trocitos de vidrio que habían quedado incrustados en la pared.

-Siempre alerta…- Escuchó que decía el maestro de armas, y la jóven se alejó por el pasillo…

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La lluvia, intensa, caía con fuerza sobre su cuerpo, de nuevo cogió su espada con fuerza y dedicó una seria mirada durante varios segundos a su oponente. El maestro cargó contra ella, pese al mojado estado de la tierra, él se movia con agilidad. La muchacha se preparó para el ataque. Afianzó el pie izquierdo en el barro, intentando crear así un punto con el cual ofrecer mayor resistencia y mantener de este modo su posición.

Empuñando su arma aguantó la carga del maestro, el entrechocar de las armas apenas se escuchaba con el ruido de la tormenta, pero la jóven no se dio cuenta, tan solo escuchaba su agitaba respiración, tenía claro qué tenía que vencer al maestro, no había estado entrenando para que de nuevo la dejase mal y, llegase a la casa con aire de superioridad.

El combate se alargó varios minutos más, la jóven, no cedía terreno, utilizando el pie afianzado en el barro mantenía su posición, usando todo su cuerpo a la par que pibotaba con la pierna derecha estaba consiguiendo que el maestro trastabillase. Al fín, en un momento en el que el maestro tuvo un pequeño resbalón, la muchacha encontró una brecha en su defensa, y atacó.

El hombre calló al barró, dejando así de un color marrón la ya manchada y mojada armadura. La jóven esbozó una pequeña sonrisa, pero la eliminó de su rostro mientras se acercaba al maestro, con su espada, apuntó al pecho del hombre y lo miró tumbado. –Vas mejorando,pero aún no es suficiente.- La chica se apartó, envainó su espada en su funda y se la colocó en la espalda, se llevó una mano a la cabeza, tocando su pelo; estaba mojado, de hecho, estaba calada, pero eso poco importaba. Echó mano a la capucha y se tapó la cabeza, echando a andar hacia la casa.

Al cabo de un rato de andar se podía ver la imponente verja de la casa, al poco el maestro la alcanzó. Llegaron a las puertas, Anasthasia, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa de complaciencia mientras observa la gran M grabada en el inmenso portón.
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Familiares y conocidos