En el Cementerio del Cerro del Cuervo, una humana solitaria se debatía desesperadamente contra los No-Muertos. La Luz estaba con ella, pero no daba a basto: los enemigos le superaban en demasía. Justo cuando comenzaba a flaquear, una sombra descomunal se abatió sobre sus atacantes, masacrándolos con una facilidad pasmosa. En apenas un par de pestañeos, Decorum pudo respirar. Entonces centró la atención en su fiero y formidable salvador.

Aunque le había parecido durante unos instantes que su rescatador era un enorme lobo bípedo espadachín, ante sí tenía a un hombre fornido, vestido con calzón y calzado con botas altas, todo ello de buena calidad, pero gastado por el uso.
Aún con la escasa luz de que disponía, era notorio que el recién llegado iba con el torso, ancho, recio, más bien peludo y surcado de cicatrices, al descubierto. La sacerdotisa en ciernes intuía que el calificativo de “pecho lobo” le sentaba como anillo al dedo. También podía notar que el fortachón estaba sudado y que un baño, o dos, le sentarían de maravilla.
La ex-secretaria hubiera quizá arrugado la nariz, de no ser porque, fuera quien fuese y luciera el aspecto que luciera, acababa de salvarle la vida. Por si ello no fuera suficiente, portaba, ahora envainado a la espalda, un espadón tamaño “¿algún problema?”, que bien hubiera podido llamarse “Son de Paz”.

Retrocedieron ambos ladera abajo, hacia el camino empedrado que llevaba a Villa Oscura, sin prisa pero sin pausa y sin dirigirse todavía la palabra porque no estaba la situación como para platicar: Rodeados de no-muertos por todas partes, debían abrirse paso, cosa que mantenía ocupado al misterioso guerrero.

Sin contratiempos llegaron por fin a la carretera, momento en el cual Decorum pudo observar más detenidamente a su inesperado defensor gracias a la difusa luminosidad que les brindaba la pálida luz de la luna. Mediría alrededor de metro ochenta centímetros (la señorita Butler siempre se mostró partidaria del sistema métrico decimal, más científico, menos arbitrario que el tradicional en pies y pulgadas), de piel morena, curtido por el sol, sus cabellos, que caían en descuidada melenita hasta la base del cuello, no era especialmente oscuros. Sus ojos debían ser claros, por la manera en que reflejaban la escasa luz. Resaltaban, además de los ojos, sus rasgos regulares, su frente despejada y cierto desaliño en una barbita puntiaguda que tendría menos de una semana.
En conjunto, parecía un campechano hombre de campo, pues enseguida se presentó como si en lugar de encontrarse en medio de ninguna parte y todavía en peligro estuvieran en medio de la plaza del pueblo. Indudablemente, cachaza no le faltaba. De hecho, su presencia infundía serenidad y confianza: Había que estar mal de la cabeza para pelear contra Rassen Lohan. O eso o ser una auténtica máquina de matar.

Decorum buscó a Milagro, quien, siempre más lista que su ama, se había mantenido a salvo simplemente quedándose allá, lejos de los posibles depredadores. El señor Lohan, por su parte, silbó llamando a su caballo y montó sobre él. No hacía falta ni preguntar: ¿adónde podían ir, sino a Villa Oscura?.

Cabalgaron a paso de tortuga por expresa petición de la mujer, quien no podía anotar en su currículum vítae el tener dotes de amazona sin mentir descaradamente.

El rítmico golpeteo de cascos sobre el empedrado se superponía a los desasosegantes sonidos que les llegaban desde todas partes a su alrededor: susurros, chasquidos, murmullos, gorjeos, siseos... Si uno miraba hacia la foresta que les rodeaba esforzando la vista, podía distinguir centelleantes pares, e incluso tríos, de ojos con todas las formas, colores y medidas posibles.

La señorita Butler, arrebujada en su capa, agotada y alerta, respondía con poco más que monosílabos a las preguntas del señor Lohan, pues le parecían un tanto indiscretas y extemporáneas. En fin... sí.. ciertamente el hombre acababa de sacarla de un apuro gordísimo y eso, pero... ¿acaso se conocían? ¿habían comido del mismo plato?. Tenía la esperanza de que el luchador captara por su tono y lo evasivo de sus contestaciones que no estaba para galanterías, pero comprobó que su rescatador no era un licenciado en discreción.

- Pues yo, señorita, soy escolta. - Comentó con calma el guerrero - Trabajo para la Casa Markov. Protejo a las dos hijas del Cabeza de Familia.

¡Los Markov! Decorum sintió como un golpe en el estómago y le dio un vuelco al corazón. ¿Era posible tanta casualidad?
También le informó el Señor Lohan de que pronto acudiría a una reunión con su jefe... y que debido a la guerra de Gilneas la familia estaba parte en Ventormenta y parte en Mechasur. A Decorum casi le da un vahído: ¡tanto viaje para... ¿nada?!

- ¿Lo dice en serio? - Disimuló como pudo sus violentas emociones - Fíjese que yo tenía concertada una entrevista de empleo con el señor Karl Markov, pero ya sabe.. el Cataclismo...
Rogó encarecidamente al escolta que hablara de ella al patriarca de la familia, si lo veía. No supo qué más decir y enmudeció.

La inquietante sinfonía nocturna mantuvo despierta a la traqueteada mujer mientras el amable luchador charlaba prácticamente a solas.

Al fin divisaron las luces de Villa Oscura (valga la contradicción). Éstas eran una reconfortante visión que anunciaba a Decorum el buen fin de la aventura. La villa seguía sumida en esa atmósfera tétrica y triste que la caracterizaba, mas conforme se acercaban al Mesón del Cuervo Escarlata, el aroma a cocido estimulaba el olfato de los fatigados viajeros; podía adivinarse que adentro esperaba el calor de una buena lumbre y la solidez de la construcción, junto con la presencia de la valiente milicia del pueblo, prometían abrigo y protección.

A medida que atravesaban las desiertas calles, la mujer notaba cómo los vigilantes observaban torvamente a Rassen Lohan. En cuanto entraron en la posada, las miradas de todos los parroquianos se clavaron sobre el luchador. Y no parecía ser solamente por su flagrante infracción de la más elemental etiqueta al ir descamisado. Se adivinaba algo más, aunque Decorum no podía determinar el qué.

- Conviene que nos separemos aquí, señorita. - le susurró el curtido guerrero - No le conviene que nos vean juntos.

Gracias a la iluminación del mesón, la secretaria pudo apreciar mejor los rasgos de su ya casi ex-acompañante. Confirmó así su primera impresión. Le sorprendió la frescura y templanza con que brillaban sus ojos verde manzana. También sospechó que sus cabellos castaños hacía tiempo que no se trataban con champú, en el improbable caso de que alguna vez hubieran llegado a conocerlo.

La mujer asintió. Sin embargo, antes de despedirse, Decorum llamó al tabernero y además de pedirle que le sirviera un plato de cocido y le calentara agua para lavarse, le indicó que ella se hacía cargo de la cuenta del señor Lohan: cena, baño y desayuno.
El fornido luchador, asombrado agradeció efusivamente el detalle. La señorita Butler le hizo notar que no había para tanto: era una cuestión de estricta justicia. ¡Previsiblemente, le había salvado la vida!

Se sentaron separados y les sirvieron comida recalentada al mismo tiempo. La adepta de la Luz, curiosa, no podía evitar echar rápidas ojeadas hacia Rassen, observándolo. Los modales en la mesa del señor Lohan no eran los de un príncipe, pero tampoco eran terriblemente zafios. Terminó antes que ella y se retiró a su habitación con apenas un parco “Adiós”, desapareciendo de su vida tan abruptamente como había llegado a ella.

El cocido caliente reconfortó el destemplado cuerpo de la mujer y le infundió moral, además de calmar el rugir de sus tripas vacías. Pronto estuvo listo el baño, que la renovó física y mentalmente y después... después la gloria de descansar en una cama decente con sábanas limpias, calentita y segura, dejando atrás fatigas, temores y pesares.

Los escalofriantes aullidos a la luz de la luna, chasquidos, chirridos, murmullos, gorjeos y demás pavorosos ruidos por el estilo no perturbaron ni un ápice el profundo y reparador sueño de Decorum Butler que, por fortuna, roncó plácidamente (y flojito, debemos reseñar) toda la noche.

El sol, débil y enfermizo en la siempre taciturna Villa Oscura, traería, invariablemente, el nuevo día. Con él llegarían, inevitables, las nuevas y viejas preocupaciones y esperanzas de siempre.


- ¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? - Inquirió Ella con su voz gutural, ronca y extrañamente seductora.

“- Monos no, señora, pelos. Y en cantidades ingentes.”, hubiera respondido Decorum si la cortesía sumada al instinto de supervivencia no se lo desaconsejaran muy vivamente.
La voz ronca de la hirsutísima dama modulaba el común con el inconfundible acento de Gilneas y su atuendo revelaban coquetería y buen gusto a partes iguales; de manera que Decorum sentía la viva tentación de alabar la finura de su talle o la inusitada blancura de esas cuchillas perladas que tenía por dientes. Ante la insuperable disyuntiva, y calibrando las posibles consecuencias, simplemente sonrió.

El Cerro del Cuervo, desde luego, contaba con moradores más que peculiares. El señor Fess, refugiado en aquella caravana tirada en medio del Bosque del Ocaso, había olvidado mencionar ese pequeño detalle al encargarle que se pasara por allá para hacer una entrega y colaborar con ciertos esforzados personajes que intentaban liberar la región de esos terroríficos lobos bípedos sobrehormonados. Ahora estaba hablando con uno de ellos... aunque era obvio que, a diferencia de los monstruos con que se había topado hasta el momento, éstos razonaban, así que decidió colaborar (tampoco quería comprobar hasta qué punto tenían paciencia los tan peludos señores).
Se puso, pues a las órdenes del alquimista Harris, de la Hermana Elsington y de la distinguida señorita Ella, quienes necesitaban ayuda, y mucha. Mas incluso el ayudante del señor Harris, Alterio, se apuntó a eso de pedirle favores a la voluntariosa aventurera; pronto Decorum se encontró tan saturada de trabajo que no tuvo tiempo para sentir miedo. Y eso que existían muy buenos motivos para ello.

    ¡Oh, qué lindo es colectar en bucólicos parajes! Aromáticas florecillas, brillantes piedras de colores o - ya que estamos, qué más da - ensangrentadas y nauseabundas patas de bichos gigantes, seseras apestosas (pero intactas, ¡ojo!, es imprescindible que estén enteras, le advirtieron)... Sí, sí, mucho fervor patriótico, pero quienes tenían que mancharse las manos no eran los "benefactores heróicos", sino ella, la contratada. A estas alturas, la buena mujer estaba perdiendo las pocas manías que podían quedarle.

Muchísimo mejor se tomó el trabajo de "limpiar un poco" el cementerio de al lado. La idea de "pacificar" ánimas sin reposo encajaba perfectamente con sus ideales, así que se puso manos a la tarea quizá olvidando un poco cierta desventaja numérica.
Las columnas de fuego sagrado iluminaron el neblinoso cielo aquella noche y Decorum, pletórica de fuerzas y henchida de gozo se enfrentó a un número ingente de esas Criaturas que No Debían Existir. El instinto le pudo y se encaró con demasiadas a un tiempo: Estaba en un serio aprieto.


"Bosque del Ocaso", lo llaman.

Si alguna vez se dejaron ver en esa lóbrega arboleda los colores del sol al amanecer o al atardecer, ni rastro quedaban ahora de ellos. Envuelto en sempiterna penumbra, "Bosque Tenebroso" hubiera resultado la denominación más adecuada. Daba miedo. Y los sonidos que llegaban al camino desde la espesura no invitaban, precisamente, a adentrarse en tan inquietante paraje.

La mortecina luz de algún fanal flanqueando la estrecha carretera recordaba que se encontraban en una comarca civilizada y se acercaban a la villa. “Villa Oscura”, rezaba la plancha de madera. Ahí sí que habían acertado plenamente con el nombre.

Sombrío y silencioso el lugar. Taciturnos y misteriosos los habitantes, componentes del ambiente opresivo y amenazador reinante.

La secretaria reconvertida en “agente libre” estaba convencida de que no le faltaría trabajo. Sus previsiones se cumplieron:

Recuperación de objetos perdidos en el peor sitio, recolección de ingredientes variopintos, pequeños “ajustes de cuentas”... Pronto comprendió por qué en las calles del pueblo solamente se podía ver a los esforzados miembros de la milicia local y a algún osado artesano. Para colmo, vivían rodeados por algo peor que simples alimañas.

Había leído sobre ello. Había escuchado relatos al amor de la lumbre, allá en su lejano hogar, pero no uno no conoce realmente el horror hasta que lo presencia. Esas criaturas no deberían existir, gritaba mentalmente el raciocinio de la sirvienta, desesperado. Eran antinaturales: los muertos no caminan. Le resultó muy difícil dominar ese terror irracional y aplicar los medios adecuados para sobrevivir a su ataque.

Decorum se sorprendió invocando los poderes de la Luz en su auxilio. Ella nunca había sido una persona especialmente religiosa. Su pragmatismo era de todos conocido. Veía las cosas de manera sencilla y prosaica. Además, las luces otorgadas por la ciencia y el conocimiento eran las únicas en las que confiaba. Pero ahora, luchando contra lobos aberrantes y engendros necrománticos en medio de ninguna parte, su sangre se inflamaba llena de indignación y justa ira. Respondiendo a su voluntad, columnas de luz materializada fulminaban a sus enemigos. Y si con eso no bastaba, bien presta tenía la mecha de la dinamita. La combinación de fe más ciencia resultó explosiva y la hija del mayordomo regresó a la villa magullada y exhausta, pero satisfecha.

Cuatro días después de su llegada a Villa Oscura, Decorum tenía el ánimo a juego con el lugar y daba gracias a la Sagrada Luz que la salvaba de caer enferma por la melancolía de la penumbra perpetua en que estaban sumidos. Encima, el viento solamente traía el eco de escalofriantes gemidos ultraterrenos y lastimeros aullidos capaces de helarle la sangre en las venas al más pintado. Afortunadamente, sabía cómo combatir ese humor lúgubre que la embargaba: Era cuestión de sacudirse el desánimo, moverse y cumplir la tarea; Nada como el estimulante olor a pólvora de buena mañana. Además, otorgarle el descanso eterno a algunas ánimas perdidas y chamuscar el pelaje de algunos chuchos bípedos era una excelente y provechosa, aunque arriesgada, manera de pasar el día.

Pensando esas y otras cosas, la mujer empacó y partió, diligente, a lomos de su yegua hacia el Cerro del Cuervo.

Ignoraba, por supuesto, que allá le estaban esperando un buen par de sorpresas y otros tantos sobresaltos.


Encontrar un pasaje asequible no había resultado nada sencillo. Al final, hubo de “tirar de contactos” y le debió a una sencilla carta que ya ni recordaba haber corregido, el hecho de embarcar en el “Nácar” como “asistente”.
Embarcación pequeña y marinera, de vela latina, el Nácar se dedicaba a la navegación de cabotaje. Cuatro tripulantes bastaban para gobernarla y solamente la indisposición de Knutt, el “sobrecargo” primo hermano del Capitán Soren Larsson, había propiciado su incorporación a bordo. Mircea, esposa del Capitán y Gustav, el adolescente hijo de ambos, apenas necesitaban ayuda para mantenerlo todo bajo control. En realidad, sería casi una pasajera.
De noche, con la marea, zarparon sigilosamente hacia Costasur.

La mar andaba revuelta y la mujer de los anteojos perdió la compostura al tiempo que aprendió las nociones básicas de marinería. La primera de ellas: No arrojar a barlovento.
Los primeros días hubo de dedicarlos Decorum a restablecerse y a poner en práctica las virtudes de la paciencia y la resignación, pues los Larsson encontraron en su indisposición perpetua y su proverbial torpeza motivos de chanza.
Algo no iba bien y apenas avanzaban. El Capitán, hombre supersticioso, mascullaba sobre “malos augurios” mientras que su esposa, más práctica, se limitaba a estibar concienzudamente la carga.

Era de madrugada. Montañas de agua se alzaron, cayó fuego del cielo y el Nácar, impotente, volcó y zozobró en menos de lo que se tarda en exhalar un suspiro.
Fue un “sálvese quien pueda” en toda regla. La hija del mayordomo pataleó, desesperada, aferrándose a ese salvador barril que emergió a su lado, vacío. Si no se alejaba a tiempo, sería engullida por las aguas.
Se amarró con la ropa a la cuba que la mantenía a flote. No salió el sol y ella perdió la noción del tiempo. Agarrotamiento, calambres, frío intenso... Horas, días o una eternidad. No lo sabía. Iba y venía de la consciencia a la inconsciencia, cuando no deliraba. Creyó que moriría de sed, si no era devorada en cualquier momento.

Despertó sobre una alfombra, arropada por una manta raída al calor del hogar en una casa en ruinas.
Cuando le dijeron que estaba en los Páramos de Poniente, no podía creérselo.
Tardó en asumir la noticia: El mundo había sido destruido por un monstruo legendario. La realidad, una pesadilla.
Era una vagabunda más. Había vuelto al punto de partida.

“Mal de muchos, consuelo de... “ ¡De nadie!. Que la tensión se palpara en el ambiente y hubiera ruido de sables y algaradas no le extrañó lo más mínimo. Perplejos, desconcertados, superados por la repentina desaparición de todo lo que creían seguro, las reacciones virulentas a esa avasalladora sensación de abandono eran comprensibles.

Dicen que en momentos de crisis se revela lo mejor y lo peor de cada uno. Miss Butler hubo de comprobar que, por desgracia, había más egoísmo que solidaridad, más competitividad que espíritu de colaboración. Aún y así, algunas personas hacían honor a su humanidad. Gracias a ellas había sobrevivido y pronto estuvo en condiciones de colaborar ella misma con la variopinta comunidad de necesitados que luchaba por subsistir en los turbulentos Páramos.
Sin embargo, no se demoraría allá más de lo imprescindible para aprovisionarse y partir.
Había decidido acudir a esa entrevista de trabajo, aunque estuviera ya fuera de plazo: Era cuestión de amor propio.

Más de un mes después de volver a nacer, pudo adquirir una joven yegua zaina. La llamó “Milagro”. No se le ocurrió nombre más adecuado.
Se despidió de la buena gente que tanto la había ayudado y emprendió el camino hacia el Bosque del Ocaso.


Me encontraba estirada en la cama de una de las habitaciones de la Catedral. No podía dormir. Esta noche habían pasado muchas cosas.

Todo había empezado cuando, después de encontrarme a Verner, Karl y a Falsten, habíamos decidido ir a una taberna a tomar algo. La taberna que acabamos eligiendo resultó estar bastante llena, aunque afortunadamente al final conseguimos encontrar una mesa libre en la que sentarnos en la parte superior. Después de observar detenidamente el local, tan sólo se me ocurría una palabra para describirlo: cutre. Las mesas y sillas eran de madera, que se veía bastante deteriorada, la decoración era escasa y, por si fuera poco, al local le hacía falta una limpieza a fondo. Incluso me pareció ver varias ratas paseándose por el local como si fuesen clientes habituales, junto con algunos de los borrachos que estaban pidiendo en la barra y alguna que otra furcia que estaba con ellos.

Le pedimos vino a Falsten, que fue a la barra a pedirlo, mientras Verner y yo nos poníamos al día acerca de nuestras actividades desde después del exilio de Gilneas. Me habló sobre los elfos y sus extrañas costumbres y de la gran variedad de zumos sin alcohol que preparan. Falsten regresó con el vino, que resultó no ser del agrado de Karl, y realmente no era comparable al que acostumbrábamos a tener en Guilneas. Entonces Falsten se ofreció a buscar uno mejor. Y lo encontró. No sé dónde fue a buscarlo, pero la verdad es que fue el mejor vino que he probado desde que estoy en Ventormenta.

Fue entonces cuando se inició el problema. Karl se había ido un momento y nos quedamos Verner y yo sentados en la mesa hablando tranquilamente cuando un par de borrachos intentaron meterme mano. No me hizo falta hacer nada, Falsten no se había separado de nosotros en ningún momento, servicial como tan sólo él es, no tardó en defenderme. Mientras él se encaraba con los borrachos, yo intenté no prestarles atención y seguir hablando con Verner, aunque en ese momento ya me entraron ganas de castigar personalmente a esos tipos por su falta absoluta de respeto y moral para con las indefensas señoritas.

La discusión estaba subiendo de tono y llegó a tal punto que se acordó salir a fuera del bar y terminarla por otros medios, pero en ese momento volvió Karl y nos dijo que nos íbamos a otra parte. Así que nos levantamos todos y salimos del bar. Una vez fuera no pasó nada, salvo alguna que otra provocación, pero Karl ordenó a Falsten que no se perdiese el tiempo con esos individuos. Falsten obedeció y yo me quede un poco decepcionada al ver que el asunto terminaba sin sangre.

Después de eso fuimos a la plaza de delante la Catedral, Verner y yo íbamos los últimos y cuando llegué vi que se habían encontrado con Kitiarha. Mientras nos estábamos saludando llegó otro tipo diciendo ser de la guardia y que había sido alertado por una pelea. Nos pidió nuestros nombres, que nos negamos a dar ya que no vestía ningún tipo de uniforme, y finalmente se fue.

Karl y Kitiarha se fueron a otra parte a hablar y al poco rato también se fue Verner. Falsten y yo nos quedamos sentados en un banco charlando cuando vimos llegar al tipo de la guardia junto con los borrachos de antes. Viendo que no podía salir nada bueno de aquello, me fui a avisar a Karl, Verner y a Kitiarha mientras Falsten se quedaba. Una vez los hube encontrado volvimos todos rápidamente y llegamos justo en el momento que se estaban llevando a Falsten. Nos unimos al grupo de gente y les seguimos.

Después de otras tantas discusiones conseguimos aclararlo todo y al final los de “la guardia” nos pidieron disculpas, pero no me pareció que fuesen a hacer nada con los borrachos, cosa que a mí no me pareció nada bien ya que, además de ser culpables por lo de antes, también lo eran por mentir.

Al final nos separamos y Kitiarha me estaba acompañado a la Catedral, donde yo tenía pensado dormir esa noche. Pero mientras volvía sentía que algo no estaba bien, que esa gente no merecía quedar libre. Intenté olvidar el tema y después de despedirme de Kitiarha subí a una habitación y me dispuse a dormir.

Pero no podía.

Fue entonces cuando me decidí a hacer algo. Me levanté de la cama y me vestí de nuevo para salir. Esta vez decidí no ponerme un vestido y en su lugar me puse ropa más provocativa, aunque también me lleve conmigo una capa larga con capucha para resguardarme de las inclemencias del tiempo, ya que a esas horas había refrescado. Ya era muy tarde y esa noche no había luna. Me dirigí a la zona del bar de antes. No estaba muy segura si lo que estaba haciendo estaba bien y aún no tenía claro qué es lo que iba a hacer si me los encontraba. Llegue cuando ya estaban cerrando. Vi a un par de borrachos salir de allí entonando una antigua canción de piratas, pero esos no eran los borrachos de antes. Las calles estaba muy oscuras y no había ni rastro de aquellos indeseables.

Iba andando ya de vuelta procurando ir por calles poco iluminadas. Estaba bastante decepcionada por no haberlos encontrado, aunque pensé: “Supongo que los dioses han sido misericordiosos con ese par, por alguna razón no quieren que sean castigados”. Pero cuando ya había empezado el camino de vuelta oí pasos de alguien siguiéndome, y una segunda persona apareció en el otro extremo de la calle impidiéndome la huida.

Me encontraba en un pequeño callejón, mal iluminado, y con dos personas que se me acercaban. Vi apagarse la luz de la única ventana que quedaba abierta y acto seguido alguien cerró los postigos. Seguramente los vecinos estaban ya acostumbrados a que ocurrieran este tipo de escenas y no querían tener nada que ver con ellas. En esos momentos una sola idea pasaba por mi mente: “Por favor que sean los que antes me han acosado, por favor…”.

-Mira que tenemos aquí… ¡hic! – Dijo el hombre de enfrente, que parecía muy borracho.

-¿No te han enseñado que las calles de noche pueden ser peligrosas? – Preguntó el hombre de detrás de mí, que parecía algo más sereno.

“¡Lo son!”

No dije nada, dejé que se me acercaran un poco más. Cuando ya los tenía casi encima pensé que sería misericordioso darles una última oportunidad de redención, así que les dije:

- Por favor, dejadme ir, no quiero tener ningún problema.

Pero ellos se limitaron a sonreír y se me echaron encima. Sin embargo, quien de verdad sonrió en ese momento fui yo. “Que me los haya encontrado ha sido una señal, y además han rechazado el camino de la rectitud, no hay duda que lo correcto es que sean castigados”.

Sin que pudieran reaccionar cambie a la forma huargen y los empujé contra la pared de enfrente. Ya no quedaba ni rastro de sus sonrisas, solo se veía miedo en sus caras, aunque eso también iba a cambiar pronto. Era hora de poner en práctica lo que había leído en un libro muy interesante que encontré en la biblioteca. En la taberna recuerdo que Verner me preguntó si había mejorado en mis artes y, aunque sí que es cierto que mis artes curativas han mejorado mucho, el libro más ilustrativo de cuantos leí fue uno llamado El arte de la Tortura. En él había un apartado titulado “Palabra de las Sombras: Dolor que detallaba cuáles son los puntos del cerebro más vulnerables y cómo actuar sobre ellos.

Y dolor era lo que se veía representado en los rostros de las dos personas que tenía delante de mí. Estaban tirados en el suelo, agonizando, sin poder hacer nada. Y, después de un tiempo que bien habían podido ser minutos, la vida de esos hombres terminó. Para asegurarme de que nadie viese algo extraño en el caso de decidir examinar sus cuerpos busqué un cuchillo entre sus pertenencias. No tardé en encontrar uno y lo clavé varias veces en los torsos de ambos hombres. De este modo si alguien se molestaba en averiguar qué había pasado, cosa poco probable, al ver que ambos tenían marcas de puñaladas atribuirían su muerte a alguna disputa entre ellos o con algún atraco fallido. En cualquier caso, no encontrarían nada que les pudiese conducir a mí.

Volví a adoptar mi forma humana y fui a la Catedral, recé un par de oraciones y finalmente pude dormir tranquila, segura de haber obrado bien.

Familiares y conocidos