Encontrar un pasaje asequible no había resultado nada sencillo. Al final, hubo de “tirar de contactos” y le debió a una sencilla carta que ya ni recordaba haber corregido, el hecho de embarcar en el “Nácar” como “asistente”.
Embarcación pequeña y marinera, de vela latina, el Nácar se dedicaba a la navegación de cabotaje. Cuatro tripulantes bastaban para gobernarla y solamente la indisposición de Knutt, el “sobrecargo” primo hermano del Capitán Soren Larsson, había propiciado su incorporación a bordo. Mircea, esposa del Capitán y Gustav, el adolescente hijo de ambos, apenas necesitaban ayuda para mantenerlo todo bajo control. En realidad, sería casi una pasajera.
De noche, con la marea, zarparon sigilosamente hacia Costasur.

La mar andaba revuelta y la mujer de los anteojos perdió la compostura al tiempo que aprendió las nociones básicas de marinería. La primera de ellas: No arrojar a barlovento.
Los primeros días hubo de dedicarlos Decorum a restablecerse y a poner en práctica las virtudes de la paciencia y la resignación, pues los Larsson encontraron en su indisposición perpetua y su proverbial torpeza motivos de chanza.
Algo no iba bien y apenas avanzaban. El Capitán, hombre supersticioso, mascullaba sobre “malos augurios” mientras que su esposa, más práctica, se limitaba a estibar concienzudamente la carga.

Era de madrugada. Montañas de agua se alzaron, cayó fuego del cielo y el Nácar, impotente, volcó y zozobró en menos de lo que se tarda en exhalar un suspiro.
Fue un “sálvese quien pueda” en toda regla. La hija del mayordomo pataleó, desesperada, aferrándose a ese salvador barril que emergió a su lado, vacío. Si no se alejaba a tiempo, sería engullida por las aguas.
Se amarró con la ropa a la cuba que la mantenía a flote. No salió el sol y ella perdió la noción del tiempo. Agarrotamiento, calambres, frío intenso... Horas, días o una eternidad. No lo sabía. Iba y venía de la consciencia a la inconsciencia, cuando no deliraba. Creyó que moriría de sed, si no era devorada en cualquier momento.

Despertó sobre una alfombra, arropada por una manta raída al calor del hogar en una casa en ruinas.
Cuando le dijeron que estaba en los Páramos de Poniente, no podía creérselo.
Tardó en asumir la noticia: El mundo había sido destruido por un monstruo legendario. La realidad, una pesadilla.
Era una vagabunda más. Había vuelto al punto de partida.

“Mal de muchos, consuelo de... “ ¡De nadie!. Que la tensión se palpara en el ambiente y hubiera ruido de sables y algaradas no le extrañó lo más mínimo. Perplejos, desconcertados, superados por la repentina desaparición de todo lo que creían seguro, las reacciones virulentas a esa avasalladora sensación de abandono eran comprensibles.

Dicen que en momentos de crisis se revela lo mejor y lo peor de cada uno. Miss Butler hubo de comprobar que, por desgracia, había más egoísmo que solidaridad, más competitividad que espíritu de colaboración. Aún y así, algunas personas hacían honor a su humanidad. Gracias a ellas había sobrevivido y pronto estuvo en condiciones de colaborar ella misma con la variopinta comunidad de necesitados que luchaba por subsistir en los turbulentos Páramos.
Sin embargo, no se demoraría allá más de lo imprescindible para aprovisionarse y partir.
Había decidido acudir a esa entrevista de trabajo, aunque estuviera ya fuera de plazo: Era cuestión de amor propio.

Más de un mes después de volver a nacer, pudo adquirir una joven yegua zaina. La llamó “Milagro”. No se le ocurrió nombre más adecuado.
Se despidió de la buena gente que tanto la había ayudado y emprendió el camino hacia el Bosque del Ocaso.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Familiares y conocidos