Katyan decidió que era hora de descansar sus piernas doloridas, y desviándose un poco del camino principal, se adentró en la espesura. No fue difícil localizar un roble de rugosa corteza tras el que guarecerse un poco del viento y la lluvia que caía de forma suave pero constante desde el amanecer.
La muchacha estaba calada hasta los huesos, su ropa se pegaba a su piel delineando la estrechez de sus hombros y sus caderas aún sin formar, alta y flaca como una tabla, con el pelo cobrizo muy corto, casi rapado y dueña de un rostro andrógino y afilado donde lo único que destacaban eran sus extraños e inquietantes ojos pardos , Katyan pasaba por un chico de su edad. Esa había sido su intención al cortarse el pelo y vestirse con holgadas ropas de hombre. Sabía que tenía un duro viaje por delante y sin recursos para afrontarlo, lo mejor era viajar sola y a pie.
La chica se sentó con las piernas cruzadas mientras se arrebujaba en su capa, mas adecuada para los calores del estío que para los fríos del otoño, pero era lo mejor que había podido conseguir. Se sentía helada y famélica, pero había engullido sus escasas raciones diarias al despertar y aunque durante la marcha solía desviarse del camino cuando atisbaba entre la maleza zarzamoras u otros frutos silvestres, las bayas apenas bastaban para calmar los gañidos de su torturado estómago.
Pero no se quejaba ni compadecía, Katyan era dura y espartana como un perro callejero, se había acostumbrado a comer cuando podía, a dormir cuando tenía oportunidad. Se aferraba a la vida con una determinación desesperada y estoica muchas veces sin mas ambición que ver un día mas. Su escuela había sido la calle y su hogar una carreta traqueteante. Ignoraba que había abocado a su madre a elegir aquella vida errante hasta hacía dos noches.
Hacía dos noches que ella había muerto.
Y hacía dos noches que Katyan había recibido el nombre que debió ser suyo desde que nació.
Sus dedos hurgaron bajo la cintura tanteando el forro cosido de su camisa interior, allí palpó una vez mas el sello heráldico con cuyo relieve había sido marcada, constituía la prueba de su linaje, en el interior del aro, casi desgastado ya por el tiempo aún se llegaba a leer un apellido: Markov.
Sus pensamientos volaron a rememorar el momento en que su madre, entre jadeos y suspiros propios de una moribunda le había revelado los secretos que con tanto empeño había tratado de guardar para sí los últimos quince años.
- He escrito… una carta a… mi padre… tu abuelo… -la tos la interrumpía constantemente, cada vez que se detenía sobrecogida por un ataque largo y extenuante Katyan sospechaba que no volvería a hablar. Pero Ivanna seguía insistiendo, tozuda como siembre había sido.
- Pero no hará falta… cof… la marca que llevas en la piel… cof cof… la reconocerá.
Katyan asintió. No quería que ella siguiera sufriendo. Últimamente había ido aumentando la dosis de dormidera en la infusión. Al principio su madre se quejaba por pasar tanto tiempo adormilada, pero cuando los dolores se habían vuelto mas agudos fue ella misma la que rogaba que Katyan la durmiera. La muchacha se preguntaba si alguna vez su madre se preguntó de dónde conseguía sacar el dinero para pagar la habitación y las drogas. Si lo hacía había tenido el buen sentido de permanecer con la boca cerrada.
- Aquella noche… cof cof… aquella noche le enfurecí. – Ivanna hablaba con los ojos vidriosos y apagados, la mirada cada vez mas fija.- Arrojé el sello familiar al suelo, arrancándolo de … cof… mi mano. Aún tengo grabada la escena… el anillo rebotando y yendo a parar a la chimenea encendida… cof cof cof…
- Bebe un poco mas madre. – había interrumpido ella.
- No… cof… hoy… no puedo dormir. Tienes… que saber… cof.
Un acceso de tos violento la mantuvo casi diez minutos ocupada, cuando por fin consiguió aplacarlo estuvo cerca de media hora recuperándose. Katyan había aguardado pacientemente acercándole agua de menta para despejarla.
- Le enfurecí… - Ivanna se volvió a mirarla con los ojos hundidos y la muerte asomando a su cara. – El me dijo… que no se puede escapar de uno mismo, que lo que somos lo llevamos en la sangre. Que había nacido Markov y moriría siendo Markov.
Katyan asintió en silencio, había oído hablar a su madre del legado de la sangre toda su vida. “Eres de mi sangre, es lo que importa, la familia es la familia”. Lo había repetido hasta grabárselo en la mente como una oración amarga e incuestionable. Katyan siempre se preguntó porqué entonces había elegido su madre una vida apartada de los suyos.
- Él cogió entonces las tenazas de la chimenea y lo rescató antes de que se fundiera. Lo recuerdo bien… cof… brillaba al rojo vivo… cof cof… - Ivanna torció el gesto cuando el recuerdo se volvió mas doloroso. – Se acercó a tu cuna… y te marcó con él. “Un Markov es un Markov” me espetó. Recuerdo que me puse histérica al ver… lo que te había hecho… me pasé toda la noche llorando y gimoteando. – Ivanna lloraba al recordar la vigilia de desesperación que había marcado su vida. – a la mañana siguiente abandoné la casa de mi padre para no volver jamás. Cof.
Katyan buscó la mano de su madre y se la apretó con genuino cariño. Aquella mujer solitaria y valiente había sido su mundo hasta aquella noche. La había enseñado a ser fuerte, dura e independiente. La había enseñado a sobrevivir a cualquier precio y siempre había permanecido leal a su lado incluso cuando abandonarla la hubiera deparado mejor fortuna.
- Creí… creí que podría darte una vida diferente, Katyan. Una vida mejor. Pero mi padre tenía razón, no podemos escapar de lo que somos. –Ivanna se volvió a su hija y sonrió con esfuerzo, sus labios se volvieron a agrietar. – No estás sola Katyan, tienes familia. Yo… cof… no creo que pase de esta noche… -Katyan no la contradijo, su madre no necesitaba falsas esperanzas, se limitó a apretarle la mano entre las suyas- …debes buscarlos. Debes… volver a casa. – su madre tosió reuniendo fuerzas para unas últimas palabras- Eres una Markov, Katyan.
- Te doy mi palabra, Ivanna. Volveré.
Su madre había respirado al fin tranquila. Aquella noche apenas volvió a decir palabra, hasta que de súbito había rogado a su hija para que abriera la ventana de par en par. Katyan había luchado con denuedo para pagar aquella habitación con ventana. A su madre le gustaba contemplar la luna llena y aquella noche la dama blanca brillaba en todo su esplendor, recortada y diáfana contra un negro cielo sin nubes.
Ivanna expiró al amanecer, con su hija despierta a su lado, velándola. Katyan no se movió, se quedó mirando a su madre mientras su cuerpo se enfriaba, despidiéndose en silencio del único ser a quién había amado en su corta vida. Con ella desaparecía su mundo, desaparecía su día y su noche. Ahora era tan esclava como dueña de su total libertad.
Katyan se encargó de todo, pagó un solitario entierro al que sólo acudió ella, pues la muerte había alcanzado a Ivanna en un pueblo extraño. Hacía tiempo que había vendido su caballo para saldar sus deudas, así que tuvo que liquidar y malvender el resto de sus posesiones quedándose tan sólo con el sello familiar y una carta firmada por su madre cuyo contenido debía ser única y exclusivamente para ojos de su abuelo.
Cuando terminó dos días mas tarde le sobró lo justo para comprar una capa, unas botas usadas y cecina para una semana. El resto de su herencia lo llevaba encima metido en un hatillo.
Katyan había emprendido la marcha un día gris de principios del otoño. Dos días mas tarde caminaba bajo la lluvia y el viento. La muchacha alzó de nuevo la vista y tras sentirse algo recuperada retomó la marcha por la embarrada carretera.
Si, el viaje prometía ser largo y cruel. No le importaba, no se quejaba. Mientras caminaba iba pensando en lo que le diría a su abuelo cuando se presentara ante él. Había aún muchos secretos que no habían sido revelados, como la causa que hizo a su madre renegar de los suyos. Necesitaba descubrir qué había ocurrido, necesitaba averiguar quién era su padre. Ahora tenía un destino. Ahora tenía un nombre. Ahora sabía cuáles eran las preguntas y a quién debía hacérselas.