Aquél día había bajado al mercado de Gilneas a buscar velas. Ya quedaban muy pocas en la capilla de la mansión y necesitaba más para seguir con mis rezos, así que le pedí a Verner que me diese dinero para comprar unas cuantas. No puso ninguna objeción y me dio unas cuantas monedas, de sobra para comprar una buena cantidad de velas. La verdad es que Verner siempre me ha tratado bien.
Ya estaba volviendo cuando decidí tomar un pequeño atajo. Era una pequeña calle con tiendas situadas a la derecha. No era la primera vez que pasaba por allí. Avancé por la calle pasando al lado de una tienda que vendía unos frascos con diversos líquidos de diferentes colores. La siguiente era una tienda de objetos de segunda mano. Vendía de todo, desde dagas y puñales hasta relojes y joyas. De pronto, una mano salió de entre las cortinas y me arrastró hacia el interior de la tienda.
- ¡No! ¡Suéltame! - Chillé, mientras forcejeaba para intentar liberarme.
- Será mejor que te estés callada - Me dijo mientras me apresaba y se aseguraba de que podía notar el filo de un puñal en mi cuello.
Me obligó a quitarme el vestido mientras me miraba con ojos lascivos. Seguía sosteniendo el puñal en la mano. Yo tenía miedo y estaba furiosa: furiosa con aquel hombre y conmigo misma, por haber decidido tomar aquel atajo. Entonces se acercó a mí hasta tal punto que podía oler el alcohol en su aliento. Una de sus manos se posó sobre mi pecho mientras acercaba su boca para besarme...
- ¡Basta!
Una ola de energía atravesó mi cuerpo y fue a impactar contra aquel hombre. Salió proyectado hacia la pared, se golpeó contra ella y cayó al suelo. En la parte del torso se veían graves quemaduras. La ropa quemada se mezclaba con la su piel y unas cuantas gotas de sangre empezaban a regar el suelo. Me invadió una sensación muy extraña: me sentía bien. El hombre me miró con rabia mientras se levantaba y se dirigía otra vez hacia mí. Me concentré otra vez para atacarlo y funcionó, lo volví a estampar contra la pared y oí el ruido de su brazo al romperse.
Me estaba gustando, sentía que tenía el control. Dirigí mi siguiente ataque a sus piernas y estas también se quebraron. Ya indefenso y sin poder moverse seguí atacándolo. Tenía gran parte de su cuerpo quemado y la poca ropa que le quedaba estaba completamente teñida de rojo. Ya no intentaba atacarme, solamente gritaba de dolor. Se veía en sus ojos que estaba aterrado, pero yo me sentía demasiado bien para detenerme.
Seguí atacándole hasta que dejo de resistirse y chillar. Se quedó tendido en el suelo frente a mí, inmóvil, en medio de un charco de sangre. Suplicándome con la mirada que acabase con su sufrimiento. Lo contemplé durante unos segundos largos, saboreando esa sensación. Finalmente, acabé con él. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que había hecho. Un hombre yacía muerto delante de mí. Lo había matado yo.
Me considero una persona devota: todos los domingos voy al templo, rezo al levantarme y antes de acostarme, intento hacer siempre el bien y ser buena con los demás. Y aun así acababa de matar a un hombre.
Salí lo más deprisa que pude de allí y fui directa al templo a rezar. Mientras lo hacía, seguía dándole vueltas a lo que había pasado. “No he tenido alternativa. Me atacó él y, si no llego a defenderme, puede que ahora la que estuviese muerta fuese yo. Ha sido en defensa propia, lo he hecho para salvar mi vida.” Planteado de esta forma puede que lo que acabara de hacer no fuera pecado. “Además ese hombre era un pecador. No merecía seguir viviendo, yo solo lo he castigado por sus pecados.”
Al salir del templo me sentía mucho mejor. Emprendí la ruta de vuelta. Había perdido mucho tiempo y tenía un montón de tareas que hacer. Apreté el paso y, mientras subía por la ladera para llegar a la mansión, una idea pasó por mi mente:
“La próxima vez que tenga que ir al mercado volveré a usar ese atajo.”