La Luna llena muestra mi verdadero rostro.

La Luna llena me muestra como el asesino que soy.

Los engranajes del reloj repicaban rítmicos bajo sus pies. Una especie de calma tensa recorría la noche en Gilneas. La Luna jugueteaba a esconderse entre los jirones de nube, pero en su actual fase, las nubes no hacían más que repartir su brillo nacarino, incluso sin el beneplácito de las propias formas gaseosas, era una noche clara.

El único sonido que se escuchaba en la poblada ciudad, eran los pasos de la guardia y los alguaciles, que patrullaban monótonamente, casi como parte de las sombras que se retorcían entre sus callejones, aguantando un candil, iluminando la vía a aquellos que aún y bien entrada la noche, llegaban a casa. Pero no estaban solos, una capa de bruma, alcanzaba hasta las rodillas, como si se tratase de la nieve del frío Norte, siseaba como una serpiente de vapor. Apenas si había antorchas encendidas, o velas dentro de las casas, que iluminaban las aceras de adoquines mojados con un brillo prímula.

El reloj marcaba poco menos de la una de la madrugada, y desde el campanario, él aguardaba. El ciclo debía repetirse, otra vez luna llena. Otra vez la una de madrugada. No podía fallar.

Y de repente, entre de las entrañas de la ciudad, apareció la presa, Lord Wells. Otro nombre vacío, que no conocía de nada. Otra historia que terminaba hoy.

Apoyó en la fría baranda de piedra el rifle y se inclinó, de forma feral, acercando la culata a su mejilla para calcular la trayectoria de la bala, sintió la caricia gélida de la vieja arma una vez más. Bajo sus pies, los pistones y engranajes movían con un sonido seco el minutero una posición más. Aún no estaba a tiro.

Despreocupado, Lord Wells, había ido en búsqueda de algo de diversión para caballeros, muy digna en la ciudad si se sabía ser discreto con su esposa. Su aliento olía a las copas de whiskey que había tomado en la posada, y su equilibrio estaba muy mermado, moviéndose como si fuera controlado por un macabro titiritero. Entró en la Plaza de la Catedral, tratando de enfocar su monóculo hacia el reloj, su esposa se molestaría si llegaba con este olor de perfume a la…

La Una.

El reloj no tuvo piedad y se movió hasta que accionó con sus engranajes la campana de la Catedral. Cuando el badajo impactó en la superficie de cobre de la campana, ocultó el sonido del disparo, y el del cuerpo caer. Lord Wells había probado el sabor del plomo, cuando la bala le perforó la tráquea. Las cuerdas del titiritero se habían cortado para siempre en su fatal destino.

La sombra del campanario había hecho lo que le ordenaron, y era hora de fundirse con la gran sombra de la ciudad. Tomó su viejo rifle y lo guardó en una vieja maleta, cerrada por dos correas de cuero, amarradas por hebillas doradas, y con él inició el descenso hacia las profundidades de la Torre del campanario. Mientras descendía por las aparentemente interminables escaleras de caracol de la estructura, pudo escuchar los silbatos de los alguaciles, cuando uno de los guardias encontró el cadáver del noble, así que no podía demorarse. Aquella escalera estaba en desuso, el Cardenal la había mandado construir con una salida al exterior, en caso de entrar en guerra, tendría un lugar para escapar a la mansión Cringrís. Pero a esas horas estaba totalmente desierta.

Empujó el pesado portón de madera y sacó de su gabardina un sombrero de copa, que estiró y colocó sobre su mata de pelo azabache, para perderse en la telaraña de calles desordenadas de la ciudad, pero una voz a su espalda le detuvo en seco.

- Abel – dijo la voz.

- No esperaba encontrarte aquí, William – respondió la sombra con un tono de voz frío.

- Sabes que no te puedo dejar seguir. – Inquirió la voz tras él – No con esa maleta.

Abel se giró para cruzar su mirada con William Becksbury, Jefe de Alguaciles. Se trataba de un hombre calvo, de una cuarentena larga, con el uniforme de la ciudad típico y un silbato plateado colgando del cuello. El hombre avanzó hasta quedar a un par de pasos del asesino, que le alargó el brazo con la maleta, y lo soltó sobre los fofos brazos del Alguacil.

Al poco, tres guardias más aparecieron tras William, corriendo entre las calles, haciendo sonar sus botas metálicas contra los adoquines como si se tratasen de dos docenas de guardias, gracias al eco de las callejuelas de la ciudad. Al llegar ante su jefe se cuadraron marcialmente.

- Este ciudadano... – comenzó William, dirigiéndose hacia los guardias – Nos ha dado pistas sobre el asesino de Lord Wells. Parece que los rebeldes vuelven a estar detrás de todo esto, Lord Godfrey no estará muy contento. Habrá que buscar dónde diablos tienen su condenada guarida.

Los guardias asintieron, apurados y echaron a la carrera nuevamente, hasta perderse entre las casas y dejar a ambos hombres solos.

Abel sonrió con cierto desdén.

- Que pase una buena noche, Alguacil.

- Envíe mis recuerdos a Su Majestad. Buenas noches Lord Tempelton.

Abel se llevó la mano al frente de la visera del sombrero y la inclinó levemente a modo de saludo, acompañándolo de un asentimiento, antes de darse media vuelta y desaparecer entre la bruma.

La sangre ya había corrido, y esa era solamente la primera noche.


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