La piel de conejo era suave bajo sus manos: deslizar la piedra para limpiarla de restos y sangre era una labor que la relajaba, aunque sabía que el olor a entrañas que inundaba el pequeño taller excitaba a a la manada de una manera que ella solo podía empezar a intuir. Podía sentirlos como un eco en la parte trasera de la cabeza, casi en la nuca: podía sentir la humedad en sus pelajes, o la astilla clavada en una pata, las ganas de jugar, e incluso había llegado a despertarse sudorosa y enfebrecida porque Calia estaba en celo y el resto de machos podían olerla. Estaba aprendiendo a separarse de los lobos en su cabeza, a ser más humana que loba aunque los instintos de la manada eran como una llamada inevitable.

"Maña" lo había llamado su padre, la vieja Maña de la gente de las montañas. Una maldición que convertía al que la usara en menos que un hombre, más cercano a las bestias que a los humanos. Le había escupido y golpeado mientras lo decía, estuviera sobrio o no, le había dicho que aquello estaba mal, que no debía compartir su mente con los lobos, le había prevenido que algún día olvidaría quien era y se convertiría en una más de ellos. Ella no había podido explicarle, bajo la amenaza de más golpes, que ya había sido una más en la manada, que ya se había olvidado de que tenía dos manos y dos pies cuando se había ido de casa asustada por las palizas y se había perdido en los bosques. No podía explicarle que los recuerdos que tenía de entonces no eran suyos, sino de la camada que había nacido cuando ella se unió a la manada y que creció con ella.

Sí, se había llevado muchos golpes hasta que había aprendido a disimular, aunque a veces se había llevado un latigazo con el cinturón cuando estaba cepillando a los caballos porque la expresión de su rostro delataba donde estaba su mente en realidad aunque ella no fuera consciente. Pero desde aquel último encierro, había aprendido algunas cosas nuevas y ahora podía, como en aquel momento, concentrarse en sus tareas mientras sentía, en un segundo plano, la vida interna de la manada. Su padre, dormido y borracho, se revolvió en la cama pero no despertó. Cybil suspiró y se secó el sudor de la frente: no quería encontrárselo despierto bajo ningún concepto. Desde que la había encerrado en el dormitorio de la planta superior, había empezado a odiarlo con un sentimiento más animal que humano.

Sintió la conmoción de la manada de pronto con un estallido de dolor. Apretó los dientes para reprimir un grito y jadeó. De pronto en su mente solo había lugar para el dolor, la incomprensión y la rabia. Se puso en pie bruscamente, buscó con su mente algún atisbo de información. Lo que encontró le hizo flojear las rodillas: los lobos atacaban con rabia, se defendían de un agresor al que no podía distinguir. Podía percibir como el finísimo hilo que la conectaba con varios de ellos, con toda seguridad malheridos, se iba volviendo más y más frágil.

"¡NO!" les gritó en su mente "¡AGUANTAD!" pero los hilos estallaron uno a uno, como pequeñas burbujas y su presencia se esfumó.

Luego, tan rápido como había empezado, la amenaza desapareció y la siguió un silencio absoluto que la estremeció hasta lo más profundo.

"¿Calia?" llamó, temiendo lo peor.

No hubo respuesta y se tambaleó de puro terror. Era incapaz de imaginar la vida sin ella, habían estado juntas siempre y en su lazo se basaba la conexión de Cybil con los demás lobos: era a través de sus ojos y su mente como la muchacha formaba parte de la manada. Sin ella era ciega, sorda y muda. Calia era más que una amiga o una hermana, era parte de ella misma.

"¿Calia?"

La respuesta llegó lejana, teñida de dolor y de miedo.

"Gris ya no está" el alivio sobrevino a la muchacha al percibir la presencia de la loba en su mente, aunque la pena lo empañaba todo "Ragsa y Narya no están"

Cybil miró a su padre, borracho y dormido sobre el catre y tras coger la escopeta apoyada junto a la entrada, salió sigilosamente de la cabaña y corrió a unirse con la manada.


La luna llena brillaba coronada con la aureola multicolor que le daba la luz al pasar por las brumas que surcaban los cielos de la sombría capital Gilneana. El tenue resplandor de la brillante perla nocturna iluminaba el tranquilo riachuelo que transcurría al lado de la hacienda de campo de los Clift, dándole el aspecto de una calzada de plata liquida. Tan solo los aullidos de unos perros se podian oír en esa fría noche, los perros de los Clift.

Hacia un par de días, el mastín de caza de los Clift, al que habían llamado por algún motivo “Bob”, había sufrido un percance en una de sus patas durante una jornada de rastreo. Aun así, el valiente sabueso había intentado por todos los medios continuar con sus labores cotidianas, pese a la gravedad de la herida y ahora yacía sin poder apenas moverse en un rincón del pequeño recinto de los perros. El cabeza de familia de los Clift, el intachable señor Jonathan Clift, cazador de reconocido talento y actualmente el encargado de los negocios familiares, había visto la situación del animal y, sabiendo que no se podía hacer nada por el, mando a sus criados a que sacrificasen a su fiel compañero.

Sin embargo, algo curioso había sucedido en el momento en el que los siervos de Jonathan fueron a por el dogo: Los demás perros de caza, al igual que las criás del propio “Bob”, habían formado un circulo alrededor del malherido y orgulloso mastín y no permitían que nadie se acercase a el. Los criados habían probado a alejar a los perros con trozos de carne, con varios juguetes y enseres de los que solían mordisquear, pero sin ningún resultado: Los animales no dejarían que se llevasen a uno de los suyos por ningún precio. Esta fue la curiosa escena que vio William Stahenm al llegar a la hacienda de los Clift. Pero no podía distraerse con eso, ahora no, por encomiable que le pareciese. Tenia negocios entre manos.

No le hizo falta llamar a la puerta, uno de los sirvientes ya estaba allí y anuncio su llegada al señor Jonathan. Este se hallaba de pie junto a la chimenea, sujetando una copa llena de lo que parecía ser Brandy (Actitud que le pareció bastante típica entre la gente de allí, de hecho). Sin una reverencia, saludo o siquiera apartar la vista del ardiente fuego, dijo con un tono de voz lleno de sorna:


  • Ah, ya llego el perro de los Markov... ¿Que quieres tu ahora? ¿Te enviá tu tío como a los otros matones para “disuadirme” acerca del negocio de mi buen amigo Jacob? - Con la mano que tenia libre, desenfundo una pequeña pistola de pólvora que guardaba en el cinturón- Mas te vale que te largues antes de que ocurra un accidente.


  • Señor Clift, le ruego que me escuche tan solo un momento -Respondió William en tono sosegado-. Si después de eso, su respuesta sigue siendo “No”, le prometo que nadie mas volverá a molestarle sobre este asunto.


  • Esta bien, tienes hasta que suene el reloj -Sentencio señalando con el cañón a un lujoso reloj que adornaba la pared-.


  • Mi señor, no pienso andarme por las ramas, el negocio que su esposa pretende montar es un impedimento para mi tío Podríamos gastar tiempo y recursos en una competencia mercantil hasta que uno de los dos salga victorioso, pero preferimos ahorrarnos a todos tan tediosa tarea. Escuche... -William se aclaro la garganta antes de continuar- Se de sobra que si usted apoya económicamente a su amigo de la infancia es porque cree que sera una buena inversión Mi tío hay veces que no toma la “aproximación correcta” en los negocios, tiene la ridícula idea de que todo se puede resolver mediante matones y... Bueno, hay otros muchos métodos

Tras esto, William deposito una caja cuadrada de color negro, con un asa en uno de sus lados y la abrió lateralmente, mostrando la fortuna que contenía esta. Pudo ver como el rictus de Jonathan se desencajaba, como los fuegos de la avaricia ardían con ansia en sus ojos:


  • Mi humilde contraoferta es esto, valorado en Cincuenta Mil monedas de oro. Monedas que tendría aquí y ahora en vez de esperar años y un poco probable éxito del negocio de su amigo para empezar a percibir leves beneficios. Ademas, señor mio, mi buen tío ha acordado con el... Llamémoslo “Club de distracciones para caballeros” que usted frecuenta, el acceso a ciertos servicios vitalicio que correrá a nuestro cargo, como gesto de buena voluntad. No hay mas, señor Clift, retire el apoyo a su “querido y leal amigo” y nosotros, los... -William pronuncio sin poder ocultar el asco que le daba actuar así- Markov... Nos encargaremos de que no se arrepienta de ello.

En ese momento, William habría jurado que el señor Clift estaba babeando ante la visión del contenido del cofre. Sabia que aceptaría, todos lo hacen, todos son iguales... El pobre Jacob Hokstant, viudo y con cuatro bocas que alimentar quedaría sumido en un mar de deudas que no podría pagar, viviría en la calle donde el y sus vástagos morirían de hambre por la ambición de su “Mejor amigo”. Ante el brillo del dinero y el ardor de la lujuria, la mascara de Jonathan había caído, y su rostro era el de la traición sin remordimientos. Justo cuando el reloj comenzó a sonar, William pudo oír claramente que su interlocutor decía, entre risas histéricas llenas de jolgorio: “Trato hecho... Acepto ¡Acepto! ¡¡ACEPTO!!”

Cuando salio de la casa, vio que los criados todavía trataban de llegar al viejo “Bob”, y un pensamiento entro en su mente y comenzó a fluir como una gota de tinta por un vaso de agua caliente: ¿Quienes son realmente los animales? Allí estaban los perros, defendiendo a uno de los suyos herido, casi muriéndose, rechazando los jugosos sobornos que los criados les ofrecían, y dentro de la casa Jonathan, que había vendido a su mejor amigo a cambio de satisfacer sus pasiones mas bajas y procurarle una buena cantidad monetaria para sus vicios hedonistas... ¿Quienes son realmente los animales?

Mientras recorría el camino de vuelta a la casa de su tío, pensaba en las pocas personas que había visto tal y como eran, en especial en aquella muchacha que su hermano, su vil y odioso hermano, le había arrebatado... ¿Como era? ¿Cybil?... Hacia mucho que no la veía, y en cierto modo tenia ganas de ello. Pero estas ganas se veían empañadas por el dolor y su propio orgullo, ademas el era un hombre ocupado y no podría perder tiempo buscándola. Deseó que siguiese igual que la ultima vez, natural, sin fingir, siendo como es y no oculta tras una mascara. Una mascara... en aquel lugar todos llevaban una, hechas de hipocresía, mentiras, engaños y apariencia, sobre todo apariencia. Mascaras que ocultaban aquello que eran realmente, que hacían ver a todo el mundo lo “buenos” que eran y que distraían la atención de sus espantosos aspectos reales. Era todo un gran carnaval de mascaras, un asqueroso carnaval donde todos se peleaban por llevar la mas blanca e impoluta, aunque por debajo estuviese llena de monstruos hechos con oscuro fango.

Pero algún día.. -Pensó William- Algún día en esta fiesta llegara la esperada medianoche... Y yo seré el primero en quitarme la mía”



Mirara donde mirara, solo veía lo mismo: Gente hundida en la miseria pisoteada por la opulenta alta sociedad y burgueses tan adinerados que seguramente su propia mierda estaría engarzada con gemas preciosas; humanos traicionando, vejando y dañando a sus semejantes movidos por la codicia, la lujuria o el simple deseo de ver a sus “rivales” retorciéndose entre estertores de dolor; la propia civilización destruyéndose a si misma, descomponiéndose entre ideales perdidos y sueños rotos...

Esos pensamientos circulaban sin cesar por la mente de William Stahenm mientras paseaba por las empedradas, y ensombrecidas por las nubes de tormenta, calles de la ciudad de Gilneas. El sabia de sobra como era el comportamiento de los seres humanos, conocía de primera mano su avaricia, su hedonismo y su innata capacidad de destrucción. Le convenía saberlo, ya que su tío Hansen le había instruido precisamente para saber sacar provecho de esto. Hansen Markov era un astuto comerciante, un implacable hombre de negocios, un excelente gestor y un influyente miembro del consejo y este pretendía que el hijo de su hermana siguiese sus mismos pasos y se “labrase un buen futuro en la sociedad”. Para William, no obstante, su tio era el claro ejemplo de un mafioso, un vil parásito que engordaba día a dia sangrando a los demás, alimentándose de ellos y dañándoles para su propio beneficio. Era despreciable, igual que todos... El Tío Karl era siniestro, lleno de amargura y algo mas que le producía una mezcla de respeto y miedo; el resto de familiares vivían en su propio mundo, metidos en sus “asuntos de Markovs”; sus supuestos “amigos” no eran mas que unos falsos aduladores que esperaban que se diese la vuelta para asestarle una puñalada... Aunque ninguno de sus ataques podría haberle hecho tanto daño como el que su propio hermano le había hecho la ultima vez que lo vio.

Varian... Varian...” Ahora el nombre de su hermano repiqueteaba en su mente como un centenar de martillos lloviendo sobre sus respectivos yunques. Aun recordaba con exactitud la traición de su hermano, como le arrebato la mujer a la que amaba sin importarle lo mas mínimo, recordaba su sonrisa de oreja a oreja después de aquello, y como actuaba como si no hubiese pasado nada ¡Como si no hubiese pasado nada! ¡Maldito hipócrita! Claro, el lo tenia todo tan fácil, con su cabello cobrizo, su piel tostada al sol, su constitución fuerte y atlética... ¡Maldición! ¡Si el hubiese llevado una vida de estudio y cultura, una vida dedicada a la preparación que su “amado tío” le había planificado ya, también seria pálido, delgado y...! Pero no, no era momento de dejarse llevar por los amargos recuerdos que conservaba, tenia trabajo que hacer. No era momento para dejarse llevar por el odio.

Aun así ¿Acaso había algo que valiese la pena? No era cosa solo de su hermano o de su tío, era toda la raza la que estaba podrida por la depravación, como dirigida hacia la locura y la autodestrucción por los susurros de la fuente de todo odio y mal. William dirigió la vista hacia un callejón, donde un par de hombres retiraban el cadáver de una prostituta, muerta a cuchilladas probablemente por un cliente descontento o un maníaco, ante un par de curiosos que miraban la dantesca escena como si fuese algo común o un espectáculo callejero hecho para entretenerles. “Escoria...”, pensó mientras continuaba calle arriba. Casi deseaba que aquellas dos pomposas damas tan opulentas que comentaban el suceso con tanta jocosidad, sufriesen un destino similar al de la pobre difunta ¿Pero y el? ¿Acaso era mejor que toda esa piara de cerdos? Estaba cumpliendo con su trabajo con una eficacia que sorprendía y enorgullecía a su tío. Eso le asqueaba. Se asqueaba. Se había visto ahogado en las mismas aguas que criticaba, en las aguas de aquel oasis de decadencia. Un oasis de decadencia en mitad de un desierto hecho de corrupción. Si habían sido creados por los Titanes como algunos sostenían, en estos momentos deberían estar llorando sangre al ver en que ha desembocado su creación.

Por un momento, deseó que ocurriese algo que los borrase a todos de la faz de Azeroth, que eliminase ese cáncer que eran para el mundo. Pero era hora de volver al mundo real, era hora de que volviese a hacer esas cosas tan horribles que hacían sus congéneres, de comportarse como ellos.

Era hora de ser humano.



La Luna llena muestra mi verdadero rostro.

La Luna llena me muestra como el asesino que soy.

Los engranajes del reloj repicaban rítmicos bajo sus pies. Una especie de calma tensa recorría la noche en Gilneas. La Luna jugueteaba a esconderse entre los jirones de nube, pero en su actual fase, las nubes no hacían más que repartir su brillo nacarino, incluso sin el beneplácito de las propias formas gaseosas, era una noche clara.

El único sonido que se escuchaba en la poblada ciudad, eran los pasos de la guardia y los alguaciles, que patrullaban monótonamente, casi como parte de las sombras que se retorcían entre sus callejones, aguantando un candil, iluminando la vía a aquellos que aún y bien entrada la noche, llegaban a casa. Pero no estaban solos, una capa de bruma, alcanzaba hasta las rodillas, como si se tratase de la nieve del frío Norte, siseaba como una serpiente de vapor. Apenas si había antorchas encendidas, o velas dentro de las casas, que iluminaban las aceras de adoquines mojados con un brillo prímula.

El reloj marcaba poco menos de la una de la madrugada, y desde el campanario, él aguardaba. El ciclo debía repetirse, otra vez luna llena. Otra vez la una de madrugada. No podía fallar.

Y de repente, entre de las entrañas de la ciudad, apareció la presa, Lord Wells. Otro nombre vacío, que no conocía de nada. Otra historia que terminaba hoy.

Apoyó en la fría baranda de piedra el rifle y se inclinó, de forma feral, acercando la culata a su mejilla para calcular la trayectoria de la bala, sintió la caricia gélida de la vieja arma una vez más. Bajo sus pies, los pistones y engranajes movían con un sonido seco el minutero una posición más. Aún no estaba a tiro.

Despreocupado, Lord Wells, había ido en búsqueda de algo de diversión para caballeros, muy digna en la ciudad si se sabía ser discreto con su esposa. Su aliento olía a las copas de whiskey que había tomado en la posada, y su equilibrio estaba muy mermado, moviéndose como si fuera controlado por un macabro titiritero. Entró en la Plaza de la Catedral, tratando de enfocar su monóculo hacia el reloj, su esposa se molestaría si llegaba con este olor de perfume a la…

La Una.

El reloj no tuvo piedad y se movió hasta que accionó con sus engranajes la campana de la Catedral. Cuando el badajo impactó en la superficie de cobre de la campana, ocultó el sonido del disparo, y el del cuerpo caer. Lord Wells había probado el sabor del plomo, cuando la bala le perforó la tráquea. Las cuerdas del titiritero se habían cortado para siempre en su fatal destino.

La sombra del campanario había hecho lo que le ordenaron, y era hora de fundirse con la gran sombra de la ciudad. Tomó su viejo rifle y lo guardó en una vieja maleta, cerrada por dos correas de cuero, amarradas por hebillas doradas, y con él inició el descenso hacia las profundidades de la Torre del campanario. Mientras descendía por las aparentemente interminables escaleras de caracol de la estructura, pudo escuchar los silbatos de los alguaciles, cuando uno de los guardias encontró el cadáver del noble, así que no podía demorarse. Aquella escalera estaba en desuso, el Cardenal la había mandado construir con una salida al exterior, en caso de entrar en guerra, tendría un lugar para escapar a la mansión Cringrís. Pero a esas horas estaba totalmente desierta.

Empujó el pesado portón de madera y sacó de su gabardina un sombrero de copa, que estiró y colocó sobre su mata de pelo azabache, para perderse en la telaraña de calles desordenadas de la ciudad, pero una voz a su espalda le detuvo en seco.

- Abel – dijo la voz.

- No esperaba encontrarte aquí, William – respondió la sombra con un tono de voz frío.

- Sabes que no te puedo dejar seguir. – Inquirió la voz tras él – No con esa maleta.

Abel se giró para cruzar su mirada con William Becksbury, Jefe de Alguaciles. Se trataba de un hombre calvo, de una cuarentena larga, con el uniforme de la ciudad típico y un silbato plateado colgando del cuello. El hombre avanzó hasta quedar a un par de pasos del asesino, que le alargó el brazo con la maleta, y lo soltó sobre los fofos brazos del Alguacil.

Al poco, tres guardias más aparecieron tras William, corriendo entre las calles, haciendo sonar sus botas metálicas contra los adoquines como si se tratasen de dos docenas de guardias, gracias al eco de las callejuelas de la ciudad. Al llegar ante su jefe se cuadraron marcialmente.

- Este ciudadano... – comenzó William, dirigiéndose hacia los guardias – Nos ha dado pistas sobre el asesino de Lord Wells. Parece que los rebeldes vuelven a estar detrás de todo esto, Lord Godfrey no estará muy contento. Habrá que buscar dónde diablos tienen su condenada guarida.

Los guardias asintieron, apurados y echaron a la carrera nuevamente, hasta perderse entre las casas y dejar a ambos hombres solos.

Abel sonrió con cierto desdén.

- Que pase una buena noche, Alguacil.

- Envíe mis recuerdos a Su Majestad. Buenas noches Lord Tempelton.

Abel se llevó la mano al frente de la visera del sombrero y la inclinó levemente a modo de saludo, acompañándolo de un asentimiento, antes de darse media vuelta y desaparecer entre la bruma.

La sangre ya había corrido, y esa era solamente la primera noche.



Aquél día había bajado al mercado de Gilneas a buscar velas. Ya quedaban muy pocas en la capilla de la mansión y necesitaba más para seguir con mis rezos, así que le pedí a Verner que me diese dinero para comprar unas cuantas. No puso ninguna objeción y me dio unas cuantas monedas, de sobra para comprar una buena cantidad de velas. La verdad es que Verner siempre me ha tratado bien.

Ya estaba volviendo cuando decidí tomar un pequeño atajo. Era una pequeña calle con tiendas situadas a la derecha. No era la primera vez que pasaba por allí. Avancé por la calle pasando al lado de una tienda que vendía unos frascos con diversos líquidos de diferentes colores. La siguiente era una tienda de objetos de segunda mano. Vendía de todo, desde dagas y puñales hasta relojes y joyas. De pronto, una mano salió de entre las cortinas y me arrastró hacia el interior de la tienda.

- ¡No! ¡Suéltame! - Chillé, mientras forcejeaba para intentar liberarme.

- Será mejor que te estés callada - Me dijo mientras me apresaba y se aseguraba de que podía notar el filo de un puñal en mi cuello.

Me obligó a quitarme el vestido mientras me miraba con ojos lascivos. Seguía sosteniendo el puñal en la mano. Yo tenía miedo y estaba furiosa: furiosa con aquel hombre y conmigo misma, por haber decidido tomar aquel atajo. Entonces se acercó a mí hasta tal punto que podía oler el alcohol en su aliento. Una de sus manos se posó sobre mi pecho mientras acercaba su boca para besarme...

- ¡Basta!

Una ola de energía atravesó mi cuerpo y fue a impactar contra aquel hombre. Salió proyectado hacia la pared, se golpeó contra ella y cayó al suelo. En la parte del torso se veían graves quemaduras. La ropa quemada se mezclaba con la su piel y unas cuantas gotas de sangre empezaban a regar el suelo. Me invadió una sensación muy extraña: me sentía bien. El hombre me miró con rabia mientras se levantaba y se dirigía otra vez hacia mí. Me concentré otra vez para atacarlo y funcionó, lo volví a estampar contra la pared y oí el ruido de su brazo al romperse.

Me estaba gustando, sentía que tenía el control. Dirigí mi siguiente ataque a sus piernas y estas también se quebraron. Ya indefenso y sin poder moverse seguí atacándolo. Tenía gran parte de su cuerpo quemado y la poca ropa que le quedaba estaba completamente teñida de rojo. Ya no intentaba atacarme, solamente gritaba de dolor. Se veía en sus ojos que estaba aterrado, pero yo me sentía demasiado bien para detenerme.

Seguí atacándole hasta que dejo de resistirse y chillar. Se quedó tendido en el suelo frente a mí, inmóvil, en medio de un charco de sangre. Suplicándome con la mirada que acabase con su sufrimiento. Lo contemplé durante unos segundos largos, saboreando esa sensación. Finalmente, acabé con él. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que había hecho. Un hombre yacía muerto delante de mí. Lo había matado yo.

Me considero una persona devota: todos los domingos voy al templo, rezo al levantarme y antes de acostarme, intento hacer siempre el bien y ser buena con los demás. Y aun así acababa de matar a un hombre.

Salí lo más deprisa que pude de allí y fui directa al templo a rezar. Mientras lo hacía, seguía dándole vueltas a lo que había pasado. “No he tenido alternativa. Me atacó él y, si no llego a defenderme, puede que ahora la que estuviese muerta fuese yo. Ha sido en defensa propia, lo he hecho para salvar mi vida.” Planteado de esta forma puede que lo que acabara de hacer no fuera pecado. “Además ese hombre era un pecador. No merecía seguir viviendo, yo solo lo he castigado por sus pecados.”

Al salir del templo me sentía mucho mejor. Emprendí la ruta de vuelta. Había perdido mucho tiempo y tenía un montón de tareas que hacer. Apreté el paso y, mientras subía por la ladera para llegar a la mansión, una idea pasó por mi mente:
“La próxima vez que tenga que ir al mercado volveré a usar ese atajo.”


Bajó por las escaleras, giró en el pasillo a la izquierda, en el largo corredor se encontró con una de las mujeres del servicio de la casa, esta saludó a la jóven, la cual, acto seguido,se deslizó por la segunda puerta a la derecha. Al entrar a la habitación se sorprendió, el maestro de armas de la casa la observaba, sentado en un sillón, con ese aire de superioridad que parecía que siempre tenía. -¿Hoy no es jueves?- preguntó la muchacha. El hombre se limitó a asentir, le dio un trago a la copa de licor que sostenía con la mano derecha y continuó observándola.

–Creía que hoy salías de la mansión- la jóven quedó mirando al hombre.

Tras unos segundos que parecieron minutos, dio otro trago a su bebida y se limitó a decir con tono de burla: -Creía, creía… ¡bah!- de repente tomó la copa, ya vacía, y, sin decir nada se la lanzó a la cabeza a la jóven mientras le gritó: -¿¡Así es como pretendes proteger a la familia?! - La muchacha esquivó la copa agachándose grácilmente, se giró para observar la copa, que había quedado hecha añicos al impactar contra la pared del pasillo y que había dejado unas pequeñas gotas de licor en la pared. Clavó la mirada en el hombre, entrecerrándo los ojos. -¿Quizá esté borracho?- pensó la joven, pero eliminó rápidamente la idea de la cabeza. -¿A qué ha venido eso?- preguntó al hombre. -¡Has de estar siempre alerta, siempre preparada para cualquier improvisto que pueda surgir, siempre lista para proteger a la familia!. Tras eso se acomodó de nuevo en el asiento y se limitó a mirar a la muchacha de arriba a bajo.

-Ahora, vete, Anasthasia, mañana tenemos entrenamiento, temprano.

La jóven se dio la vuelta, e iba a salir de la habitación cuando, mirando por el rabillo del ojo vio que el maestro se movía, sin pensarlo, se agachó de nuevo en un rápido movimiento, casi por instinto, y un instánte después escuchó el sonido de otra copa destrozándose contra la pared. Se incorporó y se dirigió a la puerta, mirando de nuevo la pared que había sido el blanco de los lanzamientos del hombre, observándo un par de trocitos de vidrio que habían quedado incrustados en la pared.

-Siempre alerta…- Escuchó que decía el maestro de armas, y la jóven se alejó por el pasillo…

.


La lluvia, intensa, caía con fuerza sobre su cuerpo, de nuevo cogió su espada con fuerza y dedicó una seria mirada durante varios segundos a su oponente. El maestro cargó contra ella, pese al mojado estado de la tierra, él se movia con agilidad. La muchacha se preparó para el ataque. Afianzó el pie izquierdo en el barro, intentando crear así un punto con el cual ofrecer mayor resistencia y mantener de este modo su posición.

Empuñando su arma aguantó la carga del maestro, el entrechocar de las armas apenas se escuchaba con el ruido de la tormenta, pero la jóven no se dio cuenta, tan solo escuchaba su agitaba respiración, tenía claro qué tenía que vencer al maestro, no había estado entrenando para que de nuevo la dejase mal y, llegase a la casa con aire de superioridad.

El combate se alargó varios minutos más, la jóven, no cedía terreno, utilizando el pie afianzado en el barro mantenía su posición, usando todo su cuerpo a la par que pibotaba con la pierna derecha estaba consiguiendo que el maestro trastabillase. Al fín, en un momento en el que el maestro tuvo un pequeño resbalón, la muchacha encontró una brecha en su defensa, y atacó.

El hombre calló al barró, dejando así de un color marrón la ya manchada y mojada armadura. La jóven esbozó una pequeña sonrisa, pero la eliminó de su rostro mientras se acercaba al maestro, con su espada, apuntó al pecho del hombre y lo miró tumbado. –Vas mejorando,pero aún no es suficiente.- La chica se apartó, envainó su espada en su funda y se la colocó en la espalda, se llevó una mano a la cabeza, tocando su pelo; estaba mojado, de hecho, estaba calada, pero eso poco importaba. Echó mano a la capucha y se tapó la cabeza, echando a andar hacia la casa.

Al cabo de un rato de andar se podía ver la imponente verja de la casa, al poco el maestro la alcanzó. Llegaron a las puertas, Anasthasia, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa de complaciencia mientras observa la gran M grabada en el inmenso portón.
.


Nada hacía presagiar que ese anodino día de otoño le traería tal sorpresa a vuelta de correo.

No conocía al remitente. No le resultaba familiar, en absoluto.

¿Podría estar sir Arthur tras esa oferta? ¿Pensaría en ella? ¿Le importaría su suerte, acaso?

Con ansiedad leyó y releyó la parca nota.

Se la citaba para una entrevista laboral en una remota localidad. No se especificaba a qué puesto optaba, ni las condiciones de trabajo, ni el salario a percibir...

Únicamente lugar, día, hora; qué medios de transporte la llevarían hasta allá y una sola referencia:

Markov

"Por acudir... pierdo... tiempo y dinero.- Reflexionó- Pero invierto en experiencia."

Repasó más de diez veces el sencillo billete de respuesta, en el que confirmaba su asistencia, y lo envió al mediodía siguiente.

Disponía de margen suficiente como para dejar arreglados sus asuntos. Procuró entonces no cerrarse las puertas por si regresaba. También se preparó para el trayecto, que era largo.

Una semana después, con el alba, inició su viaje hacia la aventura.

Familiares y conocidos