Nada hacía presagiar que ese anodino día de otoño le traería tal sorpresa a vuelta de correo.
No conocía al remitente. No le resultaba familiar, en absoluto.
¿Podría estar sir Arthur tras esa oferta? ¿Pensaría en ella? ¿Le importaría su suerte, acaso?
Con ansiedad leyó y releyó la parca nota.
Se la citaba para una entrevista laboral en una remota localidad. No se especificaba a qué puesto optaba, ni las condiciones de trabajo, ni el salario a percibir...
Únicamente lugar, día, hora; qué medios de transporte la llevarían hasta allá y una sola referencia:
Markov
"Por acudir... pierdo... tiempo y dinero.- Reflexionó- Pero invierto en experiencia."
Repasó más de diez veces el sencillo billete de respuesta, en el que confirmaba su asistencia, y lo envió al mediodía siguiente.
Disponía de margen suficiente como para dejar arreglados sus asuntos. Procuró entonces no cerrarse las puertas por si regresaba. También se preparó para el trayecto, que era largo.
Una semana después, con el alba, inició su viaje hacia la aventura.
Llevaba ya una estación entera viviendo casi a salto de mata. A duras penas cubría gastos, pese a residir en una minúscula habitación de la modesta pero acogedora casa de huéspedes regentada por la señora Cook. La casera, viuda de guerra sin hijos, era bastante considerada y tenía fama de buena cocinera en toda la barriada.
Para sorpresa de la srta. Butler, su aspecto no muy agraciado (peculiares facciones asimétricas y complexión recia) había resultado ser una ventaja. Ninguna dama en sus cabales la consideraba un peligro y su sobriedad en el vestir, junto con sus impecables modales y su proverbial amabilidad en el trato, le abrían más puertas de las que ella nunca hubiera creído.
Sin embargo, careciendo de una buena carta de recomendación y por más que sus empleadores quedaban muy satisfechos, solamente podía optar a ocupaciones temporales. Daba gracias a la Luz de que el "boca a boca" entre clientes y conocidos le permitía comer caliente una vez al día en el peor de los casos.
No tenía anillos que se le pudieran caer y el trabajo no la asustaba. Más bien le aterraba la idea de no valerse por sí misma. Gozaba de buena salud y tiraría de reservas si todo fallaba.
Dama de compañía, institutriz, niñera, copista... Su pluma y tintero estaban al servicio de las ideas de otros. Redactó o corrigió por encargo los más variados textos: desde las peticiones que difícilmente plantearía hasta las cartas de amor que jamás había escrito.
En realidad, cualquier ocupación honrada le venía bien. Incluso había llegado a sustituir en el servicio del té a una criada indispuesta. Como si debía dedicarse a picar piedra o a limpiar: lo hacía dignamente, con la mayor diligencia.
Para mejorar su situación, sólo necesitaba un golpe de fortuna.
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Congelada.
Tan lúcida como incapaz de reaccionar, le pareció que el tiempo dejaba de fluir. Acompasados con una lentitud exasperante, los segundos transcurrían en un inexorable Molto Adagio subdividido.
No podía creer lo que estaba sucediendo. De hecho, esperaba despertarse en cualquier momento. No fue así.
Las palabras del señor Harrington eran engañosamente amables y el mensaje, pese a los eufemismos usados, inequívoco: Por lealtad a la familia, era preciso que se despidiera. Aparentaba sinceridad al mostrarse afectado. Flaco consuelo.
Se concentró en respirar. En mantenerse imperturbable, tal y como se esperaba de ella.
Sus labios, ya de por sí finos, se apretaron hasta casi desaparecer. Pestañeó tras sus gafas. Tragó saliva y habló modulando el tono de su voz. No podía dirigirse de cualquier manera al señor de la casa en que servía: Hubiera sido del todo inaceptable.
- Esta misma tarde tendrá sobre su mesa mi carta de dimisión, señor. ¿Permiso para retirarme?...
No se permitió ninguna expansión anímica hasta que no estuvo en la absoluta intimidad de su dormitorio.
Mientras hacía el equipaje, vertió lágrimas de tristeza, decepción e impotencia. Después, dueña de sí nuevamente, redactó una misiva pulcra e impersonal.
Le resultaba especialmente doloroso recordar cómo Arthur Harrington y ella habían crecido juntos en esa mansión; Se le saltaban las lágrimas rememorando tantas encantadoras veladas de artes y ciencias, en la que se habían difuminado las diferencias de clase y habían departido amigablemente sobre lo humano y lo divino; Se le encogía el corazón pensando que había sido él quien había solicitado su colaboración al verse agobiado por las circunstancias.
Ella se había esforzado al máximo. Concienzuda como era, consciente de la importancia del inusual encargo, se entregó por completo en su afán por estar a la altura de las expectativas.
Se había quemado literalmente las pestañas comprobando, asiento a asiento, todos y cada uno de los libros registrales de la prestigiosa asesoría legal en la que acababa de ingresar como socio el joven Arthur tras fallecer su padre.
Prudente y discreta, había indagado tirando cuidadosamente del hilo hasta dar con la explicación del problema, antes de pronunciarse al respecto: Nada de acusaciones infundadas. Nada de escándalos. Demasiados personajes relevantes implicados.
He aquí el resultado de su éxito.
Detectadas las graves irregularidades producidas en "Galbraith, Harrington & Forbess", desenmascarado el fraude y depuradas las responsabilidades, tocaba enterrar el asunto. Para ello se compraron voluntades y silencios.
Superado el trance, ella era un elemento incómodo y le constaba.
Sus implacables pesquisas y las acciones quirúrgicas que había realizado por mandato directo de su superior la habían convertido en una "persona non grata".
Para colmo, la estrecha relación existente entre secretaria y patrono había despertado maliciosos rumores (absolutamente falsos) y, próximos ya sus esponsales, sir Arthur necesitaba cortarlos de raíz.
Así pues, "en aras de la paz" (sic) y como último servicio, debía marcharse.
Decorum Butler, la hija del mayordomo y la cocinera, abandonó Pinewalk Side al amanecer del día siguiente.
Rondaba ya los cuarenta años de edad (eso sí, muy bien llevados). Dejaba atrás empleo, hogar, amistades (escasas), tres hermanos y una madre anciana.
Salió sin hacer ruido, naturalmente por la puerta de servicio.
Sin más bagajes que su esmerada educación y una pequeña maleta, se encaminó hacia un incierto futuro en la gran ciudad.
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La mansión de los Markov estaba colgada sobre la ladera, vigilante de todo lo que sucedía camino abajo, en la ciudad. Casi se hubiera dicho que se trataba de una araña encaramada a la roca, con sus anexos y contrafuertes que asemejaban patas articuladas, atenta al incauto animal que cayera presa en sus redes. Cybil se detuvo, sujetando las riendas del mulo con las manos, y alzó la vista hacia el caserón: recortada contra el cielo plomizo tras la tormenta, era solo una silueta oscura decorada con los tonos brillantes de sus vidrieras como joyas ardientes en la negrura. Hacía apenas unas horas, cuando se había tenido que resguardar del aguacero, ni siquiera había podido intuir la mansión a través de la cortina de lluvia, pero ahora se alzaba imponente, aguardando.
Se arrebujó en su capa; el viento allí arriba era cortante a pesar del resguardo de los árboles y su ropa estaba mojada, pero no podía retrasarse más. Enrolló las riendas del mulo en su mano, tiró de la bestia para que arrastrara el carro camino arriba y se pusieron en marcha. El avance era lento, porque el camino estaba encharcado y había algunos socavones, y además el barro hacía resbalar tanto pie como pata como rueda y en varias ocasiones el viento levantó la lona que cubría el carro, amenazando con estropear la carne. Cuando por fin se encontró ante el inmenso portón que delimitaba las propiedades de los Markov, ya casi había oscurecido. La verja que se alzaba ante ella era de metal oscuro y forjado, tan alto que ningún hombre hubiera podido saltarlo, ni siquiera con ayuda de una pértiga. La valla se extendía a izquierda y derecha hasta perderse de vista y la puerta, se veía delimitada por un imponente arco de piedra gris con una artística "M" rodeada de cadenas talladas en la parte superior.
-¡Hola!- llamó.
Un trabajador, jardinero a juzgar por el macizo floral junto al que estaba arrodillado, se acercó para inspeccionar quien era el visitante. Con un vistazo la reconoció: no pocas veces había acompañado a su padre en las entregas. Enseguida las grandes puertas de hierro se abrieron y Cybil guió a la mula con el carro hacia el interior. El jardinero cerró las puertas tras ella y volvió a su trabajo. El patio de la mansión le pareció extrañamente vacío: normalmente había un trasiego casi constante de mercaderes, clientes y otras visitas, pero aquel día no vio a nadie. La tormenta había sido muy intensa, de modo que tampoco era de extrañar que hubieran pospuesto las visitas para cuando el tiempo acompañara. Rodeó el solitario patio por el camino de grava que conducía a la parte trasera del caserón, por donde entraba y salían el servicio y las provisiones. Tampoco allí vio más que a un par de criadas sacando agua del pozo, que no le prestaron la más mínima atención.
La puerta de la cocina estaba abierta, de modo que ató a la mula al abrevadero dispuesto allí para las monturas de los proveedores y se asomó. Dentro habían encendido ya algunos candiles para alejar la incipiente oscuridad, y olía a pan recién horneado y a especias. Había una cazuela de importantes dimensiones al fuego, podía oír el borboteo del contenido en ebullición. No había nadie. Estudió, desde la entrada, aquella habitación: solo la cocina era tan grande como su casa. Se preguntó si William estaría en el interior, pero alejó aquel pensamiento de su mente. Suspiró y se sobresaltó al notar un movimiento tras ella: eran las criadas, que entraban de nuevo cargando los cubos repletos de agua.
- Traigo la caza. - dijo, pero las muchachas solo le echaron un rápido vistazo y desaparecieron en el interior.
Resopló y regresó al carro para comprobar que la lona no se había desatado y descubierto la carne mientras esperaba. Afianzó los nudos por si acaso y sacó un poco de forraje de una bolsa para dar de comer al mulo. Era extraño que no hubieran acudido los mozos a por la carga para introducirla en los almacenes de la casa, pero no salió nadie. Resopló de nuevo, sentía las mejillas entumecidas por el frío, y se frotó las manos con fruición. ¿Dónde estaba todo el mundo? Brincó un par de veces para entrar en calor y caminó a lo largo dela pared de la mansión, en busca de alguien que pudiera indicarle qué hacer con la carne.
El muro estaba jalonado en toda su longitud con jardineras y macizos florales ricamente cuidados. En aquellos puntos en los que había ventanas, había también flores en el alfeizar. Cualquiera hubiera pensado, al describirlo, que aquello daba a la vivienda un aire agradable y festivo, pero pese a todo, la única palabra que se le ocurría era "sobrio". Y un poco tétrico también, aunque tal vez solo fuera lo que se decía de los Markov, regresando a su subconsciente. Se encogió de hombros, realmente poco le importaban mientras le pagaran la caza. Cuando se hubo alejado un buen trecho de la entrada de personal, regresó sobre sus pasos. No quería que saliera alguien y al no verla, volviera a entrar.
El patio seguía desierto y el mulo comiendo tranquilamente su forraje. El cielo en el este ya era casi totalmente negro a través de las nubes: pronto se haría de noche y haría todavía más frío, y tenía que conducir el carro de vuelta, de modo que resopló, se frotó las manos y subió los tres escalones que llevaban a la puerta de la cocina.
- ¿Hola?- llamó de nuevo.
Nadie respondió y entró. Allí estaba oscuro, pero las velas alumbraban lo suficiente para distinguir los bordes de los muebles, y además el fuego sobre el que colgaba la caldera proyectaba un resplandor ambarino varios metros a su alrededor. Pudo distinguir múltiples armarios y al menos tres hornos de piedra. Una gran mesa de madera ocupaba el centro y estaba repleta de jarras y botes, y sobre los bancos de las paredes distinguió el resplandor de los utensilios de cobre. Había una puerta en la pared del fondo, y se acercó con cuidado de no volcar nada: tal vez aquella daba acceso al resto de la vivienda dedicada al servicio y encontrara a alguien.
- ¿Hola?- insistió, por si había alguien al otro lado. Nadie contestó.
Acercó la mano al pomo de la puerta, pero cuando fue a abrir le pareció oir el sonido de una voz amortiguada en dirección contraria. Se dio cuenta de que todavía llevaba la gorra aunque estaba en el interior de modo que se la sacó con premura. Encaminó sus pasos hacia el lugar del que había provenido el sonido, que parecía una pared desnuda, pero cuando se acercó, se dio cuenta de que en realidad se trataba de un mural que no cerraba en los extremos, sino que separaba la cocina de otro espacio.
Se asomó, estaba oscuro pero podía apreciar un resplandor en algún punto por delante de modo que se internó en el estrecho corredor. Era más corto de lo que pensaba, y de pronto, al volver una esquina, se sintió cegada por una luminosidad intensa y entrecerró los ojos para acostumbrarse de nuevo a la luz. Cuando pudo volver a mirar, reprimió una exclamación.
Se encontraba en un gran salón de paredes de madera oscura y decorado con cortinajes de pesado terciopelo color vino. Una inmensa lámpara de araña colgaba del techo, con docenas de velas prendidas, y lámparas de aceite alumbraban desde las paredes, una cada pocos metros, en los huecos desprovistos de cortinas. El techo se perdía en la negrura, pero le pareció intuir que también estaba decorado de algún modo, y en la pared sur vio una gran puerta de madera tallada y vidrieras, con pomos dorados y la misma "M" encadenada que en el portón de piedra pintada en la vidriera. Debía encontrarse en el recibidor de la vivienda, un recibidor que era diez veces la humilde cabaña donde vivía con su padre.
- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? - llamó, pero aunque quería alzar la voz, se sintió cohibida y acabó hablando en susurros.- ¡Traigo la caza!
Se internó un poco más en la sala y al mirar a sus pies vio que caminaba sobre una gruesa alfombra del mismo color y que parecía cubrir toda la sala y ascender la escalera.
La escalera...
En su corta vida jamás había visto algo semejante. Las escaleras que había visto hasta la fecha eran simples construcciones de madera, con barrotes por peldaños y finos pasamanos, si tenían, para sujetarse. Sin embargo, la que tenía en frente era tan grande que abarcaba todo el fondo del salón, ascendía varios metros en escalones bien tallados en madera oscura y un poco más arriba, se abrían en dos inmensos brazos que desaparecían en la planta superior. Entre ambos brazos, una inmensa vidriera resplandecía con los últimos rayos de sol y comprendió que el salón debía estar orientado al este. La balaustrada, porque aquello no era una simple barandilla, brillaba, finamente pulida, y terminaba en una hermosa talla de la madera. La alfombra roja, ahora lo veía, parecía derramarse desde lo alto de una exótica cascada de sangre, saltando de peldaño en peldaño como las aguas traviesas del arroyo, para acabar inundando el salón. El efecto era sobrecogedor.
Un carraspeo sonó a su espalda y se volvió, sobresaltada.
Se trataba de un hombre joven pero mayor que ella, de mediana estatura, vestido con algo parecido a una túnica. Era de complexión delgada y el rostro, finamente tallado, estaba enmarcado por una melena corta de color oscuro. La manera de apoyar el peso sobre las piernas le daba un aire arrogante y una sonrisa torcida asomaba a sus labios. Algo en su mirada hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Automáticamente decidió que aquel hombre no le gustaba.
- No es muy inteligente entrar furtivamente en casa ajenas - dijo él con sonrisa despectiva y estudiándola con poco disimulo- Y mucho menos en esta.
Cybil bajó la mirada, por poco que le gustara, aquel hombre tenía razón. Además, algo le decía que era peligroso... Se reprimió para no gruñir. Su mirada buscó la puerta.
- Cerrada - dijo él adivinando sus pensamientos, una sonrisa lobuna asomó a sus labios mientras extraía algo de su bolsillo.
- No quería molestar... - repondió, tensa- Traje la caza, esperé fuera, pero no...
Distinguió lo que el hombre sostenía en la mano: una llave broncínea de gran tamaño. De pronto, arrojó la llave a sus pies, como quien arroja un filete a un perro amaestrado. Cybil miró la llave en el suelo con incredulidad y alarma.
- Adelante, cógela.
Alzó la mirada y se centró en aquel energumeno. ¿Qué clase de juego era aquel? No le gustaba su sonrisa autosuficiente ni su mirada llena de mofa.
Había un brillo en sus ojos no del todo cuerdo y sintió como sus alarmas se disparaban ¿Qué clase de enfermo...? Se dio cuenta de que había empezado a enseñar los dientes.
Unos pasos resonaron en la sala.
- ¡Ah! ¡Estás aquí!- dijo una voz firme.
Relajó el rostro y se volvió para ver a un hombre en la entrada del corredor de la cocina. Vestía un impoluto traje negro y guantes blancos y la miraba con reprobación.
- Llegas tarde. ¡Vamos!
Se volvió para mirar al hombre joven, pero había desaparecido ¿Donde se había metido? No le había oído llegar, tampoco marcharse y aquello no le gustaba. Volvio a mirar al recién llegado, confusa. El hombre la inspeccionaba con mirada crítica.
- Eres la hija de Harold ¿No?-inquirió. Debía de tratarse de algún sirviente de alto rango.
Cybil asintió.
- ¿Cómo te llamas? - de pronto, le parecía menos hostil. O tal vez no lo hubiera sido en absoluto. Tal vez solo la había enervado la presencia del otro hombre.
- Cybil, señor-respondió, y añadió- Hunter.
El hombre del traje arqueó una ceja con desdén.
- Eso es evidente- se dio la vuelta para desaparecer por el corredor de la cocina- Yo soy Jeeves, el mayordomo de la casa. Vamos.
Posted in : Bêrtrand Markov, Cybil Hunter |
Dispuso las piezas de piedra en el barro, formando paredes. Colocó más piedras, haciendo que las paredes giraran y serpentearan. Urswyck dejó las piedras y volvió corriendo a su cantera improvisada. Cogió el martillo y el cincel y comenzó a golpear.
La institutriz estaba de pie observando.
-¿Qué estás haciendo?
Urswyck se dio la vuelta sobresaltado, y casi golpeó a su profesora con el martillo.
-Un laberinto- dijo sonriendo.
La mujer le devolvió la sonrisa.
-¿Un laberinto para qué? ¿Para ratones?
-Hormigas- contestó Urswyck, llenándose la camisa de piedras – Tienen que tener un lugar para luchar.
-¿Así que es eso?
-El terreno de barro está a medio camino entre el nido de hormigas rojas y el de hormigas negras. Lucharan para ver quién se queda el laberinto.
La institutriz movió la cabeza ante la inocencia del muchacho.
-No creo que a ningún nido le preocupe eso.
-Oh, desde luego que sí – Dijo el muchacho – He matado un pájaro y lo he puesto en el centro del laberinto, lucharan para conseguirlo, para comérselo, para llevárselo a sus nidos.
-Sabes muchos sobre la naturaleza.
Urswyck se encogió de hombros.
-Mi padre dice que, una vez sabes lo que quieren, puedes conseguir que hagan lo que sea.
El joven Urswyck se levantó por encima de su laberinto ya terminado. Un pájaro muerto yacía sobre un altar en el centro. El laberinto se llenó de hormigas rojas y negras, con sus cuerpos brillando como si fueran pequeñas joyas. El muchacho sonrió con orgullo y tomó nota de lo ocurrido:
“El amor por la naturaleza es una codicia febril, ardiente y física... para las hormigas, nada es sagrado. Todo es simplemente otra comida.”
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Despertó en su cama al atardecer. El sonido del bosque atravesaba las paredes y abrió los ojos recordando que dormía en un lecho de paja, no acurrucada con sus hermanos, arropada por su reconfortante calor. En su pecho se impuso un cosquilleo de anticipación, como un aleteo ansioso por la noche que se avecinaba. Podría volver, volver tras tantas semanas guardando las formas, esperando... Se puso en pie de un brinco y corrió hacia la puerta. Estaba cerrada, intentó abrir con el pomo, empujó y estiró pero el cerrojo estaba echado desde fuera. Sintió que su corazón se aceleraba.
- ¡Papá!- gritó, y como no obtuvo respuesta- ¡Papá!
Esperó unos instantes, pero nadie acudió ni oyó pasos. Nerviosa, se alejó de la puerta. La habitación no tenía más que un pequeño tragaluz en lo alto de la pared norte, por el que no cabía su cuerpo, por estrecho y fibroso que fuera. La luz del atardecer se filtraba proyectando un extraño haz en el suelo de madera, pero ni siquiera subida a la cama podía asomar más que la nariz para atisbar el exterior. Precariamente en pie sobre el jergón, se aferró con las manos al borde de tragaluz y de puntillas, trató de ver el bosque, pero solo asomaban las copas de los árboles, oscuras, inalcanzables.
Bajó de un salto y se paseó inquieta por la habitación, retorciendo las manos con nerviosismo. El bastardo de su padre la había encerrado para impedir que regresara al bosque, a su hogar, mientras él se dedicaba a realizar los siniestros encargos de Karl Markov.
- Maldito, maldito, maldito...- las palabras brotaron de sus labios como un siseo y un leve gruñido escapó de su garganta.
Sintió una presencia tanteando su mente y se detuvo en seco. Percibió la preocupación de un ente familiar.
"¿Qué ocurre, hermana?" la pregunta no se había formulado con palabras, pero hacía tiempo que había aprendido a entender aquellas emociones ajenas y bestiales.
Suspiró y dejó que Calia viera por sí misma lo que sucedía. El gañido sonó justo debajo de su ventana. Como impulsada por un resorte, Cybil saltó de nuevo a la cama y trató de sacar el brazo por el tragaluz.
- ¡Calia!- llamó, pero su mano no tocó nada, estaba demasiado alta.
"Ven a cazar, te esperamos"
- No puedo...- murmuró para sí.
Sintió una punzada de ansiedad y alzando el rostro hacia el tragaluz, gañó con rabia. Un aullido resonó en la lejanía, otros respondieron mucho más cerca.
"Te esperamos. Somos manada"
Manada
Aquel pensamiento hizo que le flojearan las rodillas y se deslizó hasta quedar sentada en el lecho, con las manos cruzadas sobre las piernas y la mirada gacha. Oyó los ladridos y gañidos que precedían a una noche de caza, impacientes. Quería ir con ellos, necesitaba ir con ellos, atravesar rauda los bosques...
Casi pudo sentir el roce del hocico de Calia en el alma, tratando de animarla. No comprendía que estaba encerrada como aquellos hermanos que habían sucumbido a los humanos. Se dejó caer contra el jergón, boca arriba, y resopló, tratando de contener las lágrimas de rabia.
"Ven conmigo"
Ojalá, hermana, ojalá.
"Ven con nosotros. Somos manada"
Cerró los ojos y pensó en sus hermanos, reunidos en un claro. Retozaban y se perseguían, ansiosos ante el inminente comienzo de la caza. Allí estaba Gris con su oreja caída, y Ojos Dorados, vigilando a todos como si fuera el líder. Se imaginó corriendo con ellos, participando en sus juegos.
"¡Vamos!"
Sintió el tirón repentinamente, como si se deslizara fuera de su cuerpo, y abrió los ojos aspirando con ansiedad. Su corazón latía desbocado. Percibió el desconcierto de Calia, su sensación de sentirse rechazada. ¿Rechazada?
- ¿Qué...?
Le invadió una sensación de vertigo, pero a medida que se abría paso en su mente una ligera intuición, una insospechada seguridad hizo presa en ella. Siempre se había sentido muy cercana a Calia, en comunión. Había creído que se limitaba al estrecho lazo entre los lobeznos de la misma camada, del mismo modo que podía comunicarse con Ojos Dorados y los demás, pero con Calia siempre había sentido que iba más allá. Más allá...
¿Y si?
Respiró hondo y cerró los ojos. Buscó a Calia en su pensamiento y la encontró brincando en los limites de su mente, juguetona, expectante.
"¿Vamos?"
Con suavidad, sintió la calidez de la loba recibiéndola. De nuevo aquella sensación ajena, desconocida y a un tiempo familiar. De nuevo vio a Gris y a los demás jugando en el claro, pudo ver lo que parecía la pared de un edificio y supo que en algun lugar de aquella pared, había asomado un brazo ansioso. Y comprendió...
Esta vez fue ella quien preguntó, con la ansiedad revoloteando en su pecho.
¿Vamos?
Si los lobos pudieran sonreir, Calia lo hubiera hecho con autosuficiencia y regocijo. Su pensamiento le llegó como un suspiro, como una certeza propia en lugar de una afirmación ajena.
"Claro, somos manada"
El bosque las esperaba.
Posted in : Cybil Hunter |
Nuestra vida está plagada de decisiones. En cada momento, en cada instante tiene lugar una decisión, pero…no todas las decisiones son igual de importantes y por supuesto, no en todas las decisiones de nuestra vida podemos tomar parte nosotros.
Algunos piensan que toda y cada una de nuestras decisiones son una parte importante de nosotros y constantemente hay alguna decisión que tomar. Cada segundo pasado, presente y futuro marca lo que fuimos, somos y seremos. Por lo tanto lo que hacemos a lo largo de nuestra vida nos hace como personas. Al contrario, también se comenta que los únicos actos que realmente se pueden llamar “decisiones” son los que realmente marcan un camino en nuestra vida, sí pues, solo habría unas cuantas decisiones a lo largo de nuestra existencia.
Por otra parte, otros, ponen la mano en el fuego y aseguran que somos nosotros los que tomamos nuestras propias decisiones. No importa lo que nos digan o lo que otra gente quiera de nosotros, ya que es nuestra mente, nuestra alma, nuestro ego, nuestros intereses…lo que nos motiva a tomar esta o aquella decisión. Así que somos los dueños totales de nuestro destino.
Incluso hay quien dice, que hay distintos niveles de decisiones. Decisiones cotidianas, que no afectan prácticamente en nada a nuestra vida, otras algo más significativas que nos pueden afectar a corto-medio plazo y por último, decisiones que tomamos en un momento y que nos afectan para el resto de nuestra vida.
Estos puntos de vista están bien y veo bien que la gente los tenga ¡Incluso yo comparto alguno de ellos! Y tampoco sé si son verdades indiscutibles o falacias sin sentido, eso se lo dejo a los pensadores. Pero lo que sí que se, es que hace tiempo que yo tomé mi decisión. Una decisión que ha afectado a toda mi vida y que está presente a cada instante de ella, una decisión que me hace aceptar y llevar a cabo decisiones que otra persona toma por mi.
La decisión de ser un Markov digno y por lo tanto hacer lo que haga falta, cuando y como sea, por los Markov.
Posted in : Losyf Markov | 0 Comments
William Grant estaba sentado en su despacho, delante de su escritorio revisando los ingresos de sus empresas, tenía las cortinas corridas para no oír el ruido de la tormenta del exterior.
Enfrascado como estaba, le sorprendió oír ruidos al otro lado de la puerta, pensó que era su mayordomo, pero se había ido a la casa de la servidumbre, y sus hijos estaban en la la ciudad atendiendo los negocios.
Grant se sorprendió, ya que no esperaba a nadie, y menos con la que estaba cayendo, pero indicó que la puerta estaba abierta.
Oyó los crujidos del cuero húmedo mientras la visita entraba en el despacho y cerraba suavemente la puerta tras de sí, se giró para encarar al visitante, y vio a alguien a quien no esperaba volver a ver…
Una mujer, alta y delgada, con unas prendas de cuero mojadas por la lluvia, llevaba el pelo negro suelto sobre los hombros, y la capucha de la capa hacía atrás,una vaina de cuero colgaba a su costado.
-Dunya Markov… ¿Qué te trae por las tierras de los Grant?
-Tú mismo deberías saberlo William, tienes una deuda con los Markov…
-¿Deuda? Yo jamás le pediría nada a una familia como vosotros… Markov…- William escupió la palabra.-No sois más que una panda de extorsionadores y putas, ¡me río de vuestra deuda!
-Una lástima… ahora tendré que cobrarte el doble.- Sentenció la Markov
-Nunca te pagaré zorra, dile al viejo de Karl que los Grant nunca responderán ante los Markov- dijo William, y cogió una de las espadas que colgaban de la pared.
-Bueno, si quieres ponérmelo difícil…- y desenvainó la espada.
William ataco a la Markov con un golpe descendente, Dunya levanto la espada y paro el golpe, aprovechando el momento en el que estuvieron trabados para dar una patada a William en la entrepierna, provocando que este bajara la guardia, lo que aprovechó la Markov para desarmarlo y tirarle al suelo.
Dunya clavo el pie en el pecho del llorica de William y le apunto al cuello con la espada
-Te daré la última oportunidad ¿Pagarás?- dijo Dunya
-¡Nunca os pagaré escoria!- Grito desafiante William
-Oh, está bien, en ese caso…
A la mañana siguiente los criados encontraron el cuerpo del señor Grant sentado en su sillón, delante del escritorio. La Cabeza reposaba en la mesa del despacho, con los ojos quemados y la lengua arrancada, al lado de la cabeza había una carta dirigida a los hijos del señor Grant, escrita con tinta roja, sólo decía: “Recordad familia Grant, un Markov siempre cobra sus deudas…”
Posted in : Dunya Markov | 0 Comments
Llegó bien entrada la noche y Cybil aún estaba despierta, esperándole. Era una costumbre que agradecía, aunque lamentara su origen: Ninguna niña debería esperar cada noche para ver si su padre regresa o se ha hecho degollar a la salida de alguna taberna. Cuando entró en la pequeña sala, sus ojos castaños se alzaron para estudiarlo inquisitivamente. Se quitó la gorra con gesto cansado y trató de sonreirle; quería que viera que no estaba borracho. Ante la muda pregunta en la mirada de su hija, Harold Hunter dejó la bolsa en la mesa con un tintineo de metal. Le pareció que la tensión de los hombros de la muchacha se desvanecía.
- Has tardado mucho.- dijo Cybil al fin, poniéndose en pie para calentar algo de agua en una tetera de cobre.
Harold se dejó caer pesadamente en la silla.
- Karl Markov no podía recibirme, tuve que esperar. Es un hombre muy ocupado.
- ¿No tiene Karl Markov hijos? - preguntó distraidametne Cybil, manipulando la tetera.
- Los tiene, pero era con el viejo Markov con quien quería hablar.- respondió su padre, evitando claramente cualquier discusión posterior sobre el tema.
La muchacha sirvió el agua hirviendo un vaso y añadió un puñado de menta antes de ponerlo ante Harold, que lo rodeó con las manos para calentarlas. Entonces algo en la mano de Cybil atrajo su atención y la sujetó por la muñeca violentamente. La joven se encogió de miedo, un legado más de los oscuros años pasados. Inspeccionó las heridas: estaban limpias pero eran recientes, demasiado recientes. El rojo era demasiado intenso. Le cogió la otra mano, levantó las mangas de su camisa: la piel clara estaba surcada de arañazos dispares. Sabía que bajo la ropa encontraría más, muchos más.
- ¿Qué es esto?- inquirió con dureza.
Cybil le miraba con los ojos abiertos por el miedo. Harold se dio cuenta de que temblaba y aflojó la presa. La muchacha retiró las manos con urgencia y bajó las mangas apresuradamente.
- ¿Qué es esto?- repitió.
Su hija le dio la espalda, encogida, como si hubiera sido descubierta en flagrante delito. Harold depositó lentamente las manos sobre la mesa y respiró hondo. No quería sonar tan duro, no podía soportar su mirada de miedo como cuando era pequeña, pero no podía evitarlo, una violenta ira le invadía cuando pensaba en ello. Respiró hondo de nuevo, se obligó a relajarse. Al fin y al cabo, había sido culpa suya.
- Prometiste que no volverías, Cybil.- dijo al fin, mirando sus propias manos sobre la mesa.
La joven se giró lentamente, con el miedo todavía dibujado en sus ojos. Se rodeaba el pecho con los brazos y encogía la cabeza entre los hombros.
- Yo no...- protestó débilmente.
- Lo prometiste.
Cybil bajó la mirada y enmudeció, pero él no tuvo valor de decir nada más. Sencillamente no podía, aquella niña era demasiado extraña, pese a todo, demasiado salvaje pese a su aparente docilidad. La había perdido durante demasiado tiempo, tanto que ni siquiera había recordado que tenía una hija. Con Marianne se habían ido los recuerdos y la luz, se había ido la serenidad, el norte. El alcohol había sido un triste pero acogedor refugio para su desazón, mientras vagaba por las calles más oscuras buscando un fortuito encuentro con una daga, acumulando deudas que no podía pagar para que se las cobraran con su vida. Años de oscuridad, años de dolor. Y todo había acabado repentinamente...
Harold no podía olvidar aquella noche. Estaba sobrio por primera vez en años, se sentía enfermo y apestaba a orines y sudor. Verner Markov había entrado en su casa y le había hecho entrega de aquella bestiezuela salvaje, apestosa e irreconocible. Había vivido en el bosque, sola. Había huído de las palizas y del miedo y se había refugiado tan profundo en el bosque que casi se había convertido en una bestia como las demás. Tenía pulgas, una costra de suciedad y sudor y no sabía hablar. Lo había olvidado todo, todo...
- Más vale que cuides de tu hija- le había dicho el mayor de los Markov- Algún día tendrá que heredar la deuda de su padre.
Un escalofrío recorrió su espalda al recordar.
Nunca podría olvidar la noche en que Karl Markov había comprado su alma.
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- Concéntrate en la bruma.
- Sí, papá.
La clave estaba en la niebla, ambos lo sabían. En las noches como aquella, en que el manto gris de la bruma lo bañaba todo, el más mínimo movimiento levantaba un girón plateado en la aparentemente inmutable densidad. Un delizamiento ágil de la niebla indicaba sin lugar a dudas el origen del movimiento, aunque no pudieran ver al objetivo en si.
Harold Hunter se acuclilló en la maleza, vigilando la correcta postura de su hija, agazapada apenas un poco más allá. Su cuerpo estaba tenso, aunque sabía que ella estaba tranquila. Podía intuir el arco del pie bajo la bota, presto para amortiguar el retroceso. Veía su cuerpo erguido, el mentón alzado mientras la muchacha se valía de todos sus sentidos para detectar a su presa. Las pupilas oscuras reflejaban luces ajenas entre las densas pestañas, con los mechones rebeldes escapando del lazo en su nuca para estorbarle en el rostro. Su respiración era pausada, casi como si durmiera. Realmente, pensó Harold Hunter con un atisbo de orgullo, era como si hubiera nacido para la acechanza, como si hubiera en ella una capacidad innata para fundirse con la caza.
Aquello le tranquilizaba: como todo padre, deseaba ante todo que su hija encontrara un buen hombre, que se casara y formara una familia, pero de buena tinta sabía la lacra que le comportaba ser hija de semejante progenitor. La reputación de un padre alcoholico, un cazador furtivo apresado tantas veces que ya casi ni podía hacer el recuento, la humildad rozando la pobreza, eran factores que la alejaban de la gente de su edad. De cuerpo andrógino y caderas estrechas, parecía más un mozo que una mujer, de modo que tampoco su aspecto le ayudaría a ganarse el interés del sexo opuesto, salvo que los años le trajeran las curvas de la feminidad. Y tras el repentino rechazo del joven William... Tal vez por esto se había volcado tanto en la caza, pensó con un deje de tristeza, pero al menos le quedaría un medio noble y respetable de ganarse la vida y mantenerse por si misma, lejos de la hipocresía del mundo.
Un breve estremecimiento en el cuerpo de su hija atrajo su atención: como una bestia de caza bien entrenada, aquel movimiento tan fugaz como un parpadeo delataba que por fín había detectado algo. Siguió la dirección de su mirada, a la blancura del denso manto de la niebla. Al principio no percibió nada, pero al poco sus pupilas detectaron un movimiento irregular de la niebla, como un tentáculo blancuzco e intangible que delataba la presencia de su presa.
La loba emergió de la niebla, escuálida, husmeando el suelo helado. El pelaje, que en aquella época debía ser denso y abrigado, parecía más bien un pedazo de piel a medio curtir,y la piel se le pegaba a las costillas, delatando unas escuálidas mamas que parecían pellizcos de pellejo. Los ojos amarillos parecían abrirse con pesadez y le faltaba un pedazo de la oreja derecha. Ahí estaba la culpable de las reses muertas, la que había diezmado insidiosamente los rebaños de los Markov. Una sola loba.
La loba, ajena a la presencia de los cazadores, siguió avanzando, situándose abiertamente en el campo de visión de Cybil. Sintió casi como propia la tensión del dedo de su hija en el gatillo, el inconfundible chasquido que aseguraba el disparo. La detonación reverberó en el bosque, un estruendo ensordecedor. Sintió el retroceso del arma en el cuerpo de su hija, y como Cybil acogía el impulso sin ceder apenas. El olor a pólvora inundó sus fosas nasales, sintió el calor del cañón junto a su pierna cuando la cazadora bajó el arma. Apenas un instante después, Cybil se arrodillaba junto al cadaver de su presa, silenciosamente satisfecha.
Harold Hunter se apartó de la maleza y se acercó a su hija para ver mejor la pieza recién cobrada.
- La piel no sirve- dijo Cybil, chasqueando la lengua.
Efectivamente, su impresión sobre el pelaje de la bestia no había sido errónea. Estaba surcada de viejas cicatrices y en algunas zonas el pelo presentaba claros, evidentes pruebas del rabioso rechazo de sus congéneres. Aquella loba había sido rechazada por su manada por alguna causa desconocida para los humanos, por eso se había mostrado tan temeraria a la hora de cazar en solitario. Sin embargo, la frecuencia de sus cazas y aquella extrema delgadez...
- Mierda.- la voz de su hija hizo eco de sus propios pensamientos mientras ambos se volvían para escrutar atentamente a su alrededor.- ¿Dónde...?
Harold hizo una señal para que callara y Cybil, bien instruida, enmudeció. No se oía nada más en el bosque tras el estruendoso disparo. Los cachorros no habían seguido a su madre. Bajó el brazo, rompiendo la orden de silencio.
- ¿Qué hacemos ahora?- inquirió su hija, apartándose un mechón castaño del rostro.
- No podemos rastrearlos con esta niebla- respondió él- y está anocheciendo. Es hora de regresar a casa. El invierno hará el resto del trabajo.
Cybil lanzó una mirada al cadáver de la loba.
- ¿Y ella?
Harold Hunter se agachó junto a la bestia y la cargó pesadamente sobre sus hombros. Apenas pesaba, delgada como estaba.
- Coge tu arma y vámonos.- dijo, emprendiendo el camino a través de la maleza- Tal vez Karl Markov nos de algo por el servicio.
La muchacha se colgó la escopeta de un hombro y desapareció en la espesura, en pos de su padre.
Posted in : Cybil Hunter |
¿En qué se resume mi vida? En dolor. Un dolor que parece que el mundo se afana por producirme. Un premio a mi esfuerzo y dedicación. Jamás lo entenderé… Algunos tienen la vida regalada. No hacen nada para ganárselo y ahí los tienes, viviendo la vida a lo grande con el reconocimiento de los demás e incluso su admiración. Ojala recibiesen el castigo propio de los vagos y los don nadie. Pero da igual, para eso estoy yo. Para recibir la mierda de los demás y sufrir la humillación por hacer mi trabajo… ¡Qué gran vida! Pero el mundo no es el único que se encarga de hacerme la vida imposible, pues mi familia parecer tener el primer premio en esa tarea. Mi esfuerzo a sus ojos no es más que lo que un Markov tiene que hacer, como si el sudar sangre no tuviese ninguna bonificación. ¿Acaso ellos son mejores? Lo dudo mucho… Solo hay que verlos. Tan perfectos, tan elitistas… ¡Bah! Ojala sea verdad eso de que el tiempo pone a cada uno en su lugar. Por fin me dejarían de mirar por encima del hombro. Por fin me reconocerían por lo que soy… Pero ese día nunca vendrá, lo se. Seguiré siendo esa sombra, esa mierda… ese.
Qué asco de vida…
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Katyan decidió que era hora de descansar sus piernas doloridas, y desviándose un poco del camino principal, se adentró en la espesura. No fue difícil localizar un roble de rugosa corteza tras el que guarecerse un poco del viento y la lluvia que caía de forma suave pero constante desde el amanecer.
La muchacha estaba calada hasta los huesos, su ropa se pegaba a su piel delineando la estrechez de sus hombros y sus caderas aún sin formar, alta y flaca como una tabla, con el pelo cobrizo muy corto, casi rapado y dueña de un rostro andrógino y afilado donde lo único que destacaban eran sus extraños e inquietantes ojos pardos , Katyan pasaba por un chico de su edad. Esa había sido su intención al cortarse el pelo y vestirse con holgadas ropas de hombre. Sabía que tenía un duro viaje por delante y sin recursos para afrontarlo, lo mejor era viajar sola y a pie.
La chica se sentó con las piernas cruzadas mientras se arrebujaba en su capa, mas adecuada para los calores del estío que para los fríos del otoño, pero era lo mejor que había podido conseguir. Se sentía helada y famélica, pero había engullido sus escasas raciones diarias al despertar y aunque durante la marcha solía desviarse del camino cuando atisbaba entre la maleza zarzamoras u otros frutos silvestres, las bayas apenas bastaban para calmar los gañidos de su torturado estómago.
Pero no se quejaba ni compadecía, Katyan era dura y espartana como un perro callejero, se había acostumbrado a comer cuando podía, a dormir cuando tenía oportunidad. Se aferraba a la vida con una determinación desesperada y estoica muchas veces sin mas ambición que ver un día mas. Su escuela había sido la calle y su hogar una carreta traqueteante. Ignoraba que había abocado a su madre a elegir aquella vida errante hasta hacía dos noches.
Hacía dos noches que ella había muerto.
Y hacía dos noches que Katyan había recibido el nombre que debió ser suyo desde que nació.
Sus dedos hurgaron bajo la cintura tanteando el forro cosido de su camisa interior, allí palpó una vez mas el sello heráldico con cuyo relieve había sido marcada, constituía la prueba de su linaje, en el interior del aro, casi desgastado ya por el tiempo aún se llegaba a leer un apellido: Markov.
Sus pensamientos volaron a rememorar el momento en que su madre, entre jadeos y suspiros propios de una moribunda le había revelado los secretos que con tanto empeño había tratado de guardar para sí los últimos quince años.
- He escrito… una carta a… mi padre… tu abuelo… -la tos la interrumpía constantemente, cada vez que se detenía sobrecogida por un ataque largo y extenuante Katyan sospechaba que no volvería a hablar. Pero Ivanna seguía insistiendo, tozuda como siembre había sido.
- Pero no hará falta… cof… la marca que llevas en la piel… cof cof… la reconocerá.
Katyan asintió. No quería que ella siguiera sufriendo. Últimamente había ido aumentando la dosis de dormidera en la infusión. Al principio su madre se quejaba por pasar tanto tiempo adormilada, pero cuando los dolores se habían vuelto mas agudos fue ella misma la que rogaba que Katyan la durmiera. La muchacha se preguntaba si alguna vez su madre se preguntó de dónde conseguía sacar el dinero para pagar la habitación y las drogas. Si lo hacía había tenido el buen sentido de permanecer con la boca cerrada.
- Aquella noche… cof cof… aquella noche le enfurecí. – Ivanna hablaba con los ojos vidriosos y apagados, la mirada cada vez mas fija.- Arrojé el sello familiar al suelo, arrancándolo de … cof… mi mano. Aún tengo grabada la escena… el anillo rebotando y yendo a parar a la chimenea encendida… cof cof cof…
- Bebe un poco mas madre. – había interrumpido ella.
- No… cof… hoy… no puedo dormir. Tienes… que saber… cof.
Un acceso de tos violento la mantuvo casi diez minutos ocupada, cuando por fin consiguió aplacarlo estuvo cerca de media hora recuperándose. Katyan había aguardado pacientemente acercándole agua de menta para despejarla.
- Le enfurecí… - Ivanna se volvió a mirarla con los ojos hundidos y la muerte asomando a su cara. – El me dijo… que no se puede escapar de uno mismo, que lo que somos lo llevamos en la sangre. Que había nacido Markov y moriría siendo Markov.
Katyan asintió en silencio, había oído hablar a su madre del legado de la sangre toda su vida. “Eres de mi sangre, es lo que importa, la familia es la familia”. Lo había repetido hasta grabárselo en la mente como una oración amarga e incuestionable. Katyan siempre se preguntó porqué entonces había elegido su madre una vida apartada de los suyos.
- Él cogió entonces las tenazas de la chimenea y lo rescató antes de que se fundiera. Lo recuerdo bien… cof… brillaba al rojo vivo… cof cof… - Ivanna torció el gesto cuando el recuerdo se volvió mas doloroso. – Se acercó a tu cuna… y te marcó con él. “Un Markov es un Markov” me espetó. Recuerdo que me puse histérica al ver… lo que te había hecho… me pasé toda la noche llorando y gimoteando. – Ivanna lloraba al recordar la vigilia de desesperación que había marcado su vida. – a la mañana siguiente abandoné la casa de mi padre para no volver jamás. Cof.
Katyan buscó la mano de su madre y se la apretó con genuino cariño. Aquella mujer solitaria y valiente había sido su mundo hasta aquella noche. La había enseñado a ser fuerte, dura e independiente. La había enseñado a sobrevivir a cualquier precio y siempre había permanecido leal a su lado incluso cuando abandonarla la hubiera deparado mejor fortuna.
- Creí… creí que podría darte una vida diferente, Katyan. Una vida mejor. Pero mi padre tenía razón, no podemos escapar de lo que somos. –Ivanna se volvió a su hija y sonrió con esfuerzo, sus labios se volvieron a agrietar. – No estás sola Katyan, tienes familia. Yo… cof… no creo que pase de esta noche… -Katyan no la contradijo, su madre no necesitaba falsas esperanzas, se limitó a apretarle la mano entre las suyas- …debes buscarlos. Debes… volver a casa. – su madre tosió reuniendo fuerzas para unas últimas palabras- Eres una Markov, Katyan.
- Te doy mi palabra, Ivanna. Volveré.
Su madre había respirado al fin tranquila. Aquella noche apenas volvió a decir palabra, hasta que de súbito había rogado a su hija para que abriera la ventana de par en par. Katyan había luchado con denuedo para pagar aquella habitación con ventana. A su madre le gustaba contemplar la luna llena y aquella noche la dama blanca brillaba en todo su esplendor, recortada y diáfana contra un negro cielo sin nubes.
Ivanna expiró al amanecer, con su hija despierta a su lado, velándola. Katyan no se movió, se quedó mirando a su madre mientras su cuerpo se enfriaba, despidiéndose en silencio del único ser a quién había amado en su corta vida. Con ella desaparecía su mundo, desaparecía su día y su noche. Ahora era tan esclava como dueña de su total libertad.
Katyan se encargó de todo, pagó un solitario entierro al que sólo acudió ella, pues la muerte había alcanzado a Ivanna en un pueblo extraño. Hacía tiempo que había vendido su caballo para saldar sus deudas, así que tuvo que liquidar y malvender el resto de sus posesiones quedándose tan sólo con el sello familiar y una carta firmada por su madre cuyo contenido debía ser única y exclusivamente para ojos de su abuelo.
Cuando terminó dos días mas tarde le sobró lo justo para comprar una capa, unas botas usadas y cecina para una semana. El resto de su herencia lo llevaba encima metido en un hatillo.
Katyan había emprendido la marcha un día gris de principios del otoño. Dos días mas tarde caminaba bajo la lluvia y el viento. La muchacha alzó de nuevo la vista y tras sentirse algo recuperada retomó la marcha por la embarrada carretera.
Si, el viaje prometía ser largo y cruel. No le importaba, no se quejaba. Mientras caminaba iba pensando en lo que le diría a su abuelo cuando se presentara ante él. Había aún muchos secretos que no habían sido revelados, como la causa que hizo a su madre renegar de los suyos. Necesitaba descubrir qué había ocurrido, necesitaba averiguar quién era su padre. Ahora tenía un destino. Ahora tenía un nombre. Ahora sabía cuáles eran las preguntas y a quién debía hacérselas.
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