Congelada.
Tan lúcida como incapaz de reaccionar, le pareció que el tiempo dejaba de fluir. Acompasados con una lentitud exasperante, los segundos transcurrían en un inexorable Molto Adagio subdividido.
No podía creer lo que estaba sucediendo. De hecho, esperaba despertarse en cualquier momento. No fue así.
Las palabras del señor Harrington eran engañosamente amables y el mensaje, pese a los eufemismos usados, inequívoco: Por lealtad a la familia, era preciso que se despidiera. Aparentaba sinceridad al mostrarse afectado. Flaco consuelo.
Se concentró en respirar. En mantenerse imperturbable, tal y como se esperaba de ella.
Sus labios, ya de por sí finos, se apretaron hasta casi desaparecer. Pestañeó tras sus gafas. Tragó saliva y habló modulando el tono de su voz. No podía dirigirse de cualquier manera al señor de la casa en que servía: Hubiera sido del todo inaceptable.
- Esta misma tarde tendrá sobre su mesa mi carta de dimisión, señor. ¿Permiso para retirarme?...
No se permitió ninguna expansión anímica hasta que no estuvo en la absoluta intimidad de su dormitorio.
Mientras hacía el equipaje, vertió lágrimas de tristeza, decepción e impotencia. Después, dueña de sí nuevamente, redactó una misiva pulcra e impersonal.
Le resultaba especialmente doloroso recordar cómo Arthur Harrington y ella habían crecido juntos en esa mansión; Se le saltaban las lágrimas rememorando tantas encantadoras veladas de artes y ciencias, en la que se habían difuminado las diferencias de clase y habían departido amigablemente sobre lo humano y lo divino; Se le encogía el corazón pensando que había sido él quien había solicitado su colaboración al verse agobiado por las circunstancias.
Ella se había esforzado al máximo. Concienzuda como era, consciente de la importancia del inusual encargo, se entregó por completo en su afán por estar a la altura de las expectativas.
Se había quemado literalmente las pestañas comprobando, asiento a asiento, todos y cada uno de los libros registrales de la prestigiosa asesoría legal en la que acababa de ingresar como socio el joven Arthur tras fallecer su padre.
Prudente y discreta, había indagado tirando cuidadosamente del hilo hasta dar con la explicación del problema, antes de pronunciarse al respecto: Nada de acusaciones infundadas. Nada de escándalos. Demasiados personajes relevantes implicados.
He aquí el resultado de su éxito.
Detectadas las graves irregularidades producidas en "Galbraith, Harrington & Forbess", desenmascarado el fraude y depuradas las responsabilidades, tocaba enterrar el asunto. Para ello se compraron voluntades y silencios.
Superado el trance, ella era un elemento incómodo y le constaba.
Sus implacables pesquisas y las acciones quirúrgicas que había realizado por mandato directo de su superior la habían convertido en una "persona non grata".
Para colmo, la estrecha relación existente entre secretaria y patrono había despertado maliciosos rumores (absolutamente falsos) y, próximos ya sus esponsales, sir Arthur necesitaba cortarlos de raíz.
Así pues, "en aras de la paz" (sic) y como último servicio, debía marcharse.
Decorum Butler, la hija del mayordomo y la cocinera, abandonó Pinewalk Side al amanecer del día siguiente.
Rondaba ya los cuarenta años de edad (eso sí, muy bien llevados). Dejaba atrás empleo, hogar, amistades (escasas), tres hermanos y una madre anciana.
Salió sin hacer ruido, naturalmente por la puerta de servicio.
Sin más bagajes que su esmerada educación y una pequeña maleta, se encaminó hacia un incierto futuro en la gran ciudad.