Dispuso las piezas de piedra en el barro, formando paredes. Colocó más piedras, haciendo que las paredes giraran y serpentearan. Urswyck dejó las piedras y volvió corriendo a su cantera improvisada. Cogió el martillo y el cincel y comenzó a golpear.
La institutriz estaba de pie observando.
-¿Qué estás haciendo?
Urswyck se dio la vuelta sobresaltado, y casi golpeó a su profesora con el martillo.
-Un laberinto- dijo sonriendo.
La mujer le devolvió la sonrisa.
-¿Un laberinto para qué? ¿Para ratones?
-Hormigas- contestó Urswyck, llenándose la camisa de piedras – Tienen que tener un lugar para luchar.
-¿Así que es eso?
-El terreno de barro está a medio camino entre el nido de hormigas rojas y el de hormigas negras. Lucharan para ver quién se queda el laberinto.
La institutriz movió la cabeza ante la inocencia del muchacho.
-No creo que a ningún nido le preocupe eso.
-Oh, desde luego que sí – Dijo el muchacho – He matado un pájaro y lo he puesto en el centro del laberinto, lucharan para conseguirlo, para comérselo, para llevárselo a sus nidos.
-Sabes muchos sobre la naturaleza.
Urswyck se encogió de hombros.
-Mi padre dice que, una vez sabes lo que quieren, puedes conseguir que hagan lo que sea.
El joven Urswyck se levantó por encima de su laberinto ya terminado. Un pájaro muerto yacía sobre un altar en el centro. El laberinto se llenó de hormigas rojas y negras, con sus cuerpos brillando como si fueran pequeñas joyas. El muchacho sonrió con orgullo y tomó nota de lo ocurrido:
“El amor por la naturaleza es una codicia febril, ardiente y física... para las hormigas, nada es sagrado. Todo es simplemente otra comida.”