Llevaba ya una estación entera viviendo casi a salto de mata. A duras penas cubría gastos, pese a residir en una minúscula habitación de la modesta pero acogedora casa de huéspedes regentada por la señora Cook. La casera, viuda de guerra sin hijos, era bastante considerada y tenía fama de buena cocinera en toda la barriada.

Para sorpresa de la srta. Butler, su aspecto no muy agraciado (peculiares facciones asimétricas y complexión recia) había resultado ser una ventaja. Ninguna dama en sus cabales la consideraba un peligro y su sobriedad en el vestir, junto con sus impecables modales y su proverbial amabilidad en el trato, le abrían más puertas de las que ella nunca hubiera creído.

Sin embargo, careciendo de una buena carta de recomendación y por más que sus empleadores quedaban muy satisfechos, solamente podía optar a ocupaciones temporales. Daba gracias a la Luz de que el "boca a boca" entre clientes y conocidos le permitía comer caliente una vez al día en el peor de los casos.

No tenía anillos que se le pudieran caer y el trabajo no la asustaba. Más bien le aterraba la idea de no valerse por sí misma. Gozaba de buena salud y tiraría de reservas si todo fallaba.

Dama de compañía, institutriz, niñera, copista... Su pluma y tintero estaban al servicio de las ideas de otros. Redactó o corrigió por encargo los más variados textos: desde las peticiones que difícilmente plantearía hasta las cartas de amor que jamás había escrito.

En realidad, cualquier ocupación honrada le venía bien. Incluso había llegado a sustituir en el servicio del té a una criada indispuesta. Como si debía dedicarse a picar piedra o a limpiar: lo hacía dignamente, con la mayor diligencia.

Para mejorar su situación, sólo necesitaba un golpe de fortuna.

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Familiares y conocidos