La mansión de los Markov estaba colgada sobre la ladera, vigilante de todo lo que sucedía camino abajo, en la ciudad. Casi se hubiera dicho que se trataba de una araña encaramada a la roca, con sus anexos y contrafuertes que asemejaban patas articuladas, atenta al incauto animal que cayera presa en sus redes. Cybil se detuvo, sujetando las riendas del mulo con las manos, y alzó la vista hacia el caserón: recortada contra el cielo plomizo tras la tormenta, era solo una silueta oscura decorada con los tonos brillantes de sus vidrieras como joyas ardientes en la negrura. Hacía apenas unas horas, cuando se había tenido que resguardar del aguacero, ni siquiera había podido intuir la mansión a través de la cortina de lluvia, pero ahora se alzaba imponente, aguardando.

Se arrebujó en su capa; el viento allí arriba era cortante a pesar del resguardo de los árboles y su ropa estaba mojada, pero no podía retrasarse más. Enrolló las riendas del mulo en su mano, tiró de la bestia para que arrastrara el carro camino arriba y se pusieron en marcha. El avance era lento, porque el camino estaba encharcado y había algunos socavones, y además el barro hacía resbalar tanto pie como pata como rueda y en varias ocasiones el viento levantó la lona que cubría el carro, amenazando con estropear la carne. Cuando por fin se encontró ante el inmenso portón que delimitaba las propiedades de los Markov, ya casi había oscurecido. La verja que se alzaba ante ella era de metal oscuro y forjado, tan alto que ningún hombre hubiera podido saltarlo, ni siquiera con ayuda de una pértiga. La valla se extendía a izquierda y derecha hasta perderse de vista y la puerta, se veía delimitada por un imponente arco de piedra gris con una artística "M" rodeada de cadenas talladas en la parte superior.

-¡Hola!- llamó.

Un trabajador, jardinero a juzgar por el macizo floral junto al que estaba arrodillado, se acercó para inspeccionar quien era el visitante. Con un vistazo la reconoció: no pocas veces había acompañado a su padre en las entregas. Enseguida las grandes puertas de hierro se abrieron y Cybil guió a la mula con el carro hacia el interior. El jardinero cerró las puertas tras ella y volvió a su trabajo. El patio de la mansión le pareció extrañamente vacío: normalmente había un trasiego casi constante de mercaderes, clientes y otras visitas, pero aquel día no vio a nadie. La tormenta había sido muy intensa, de modo que tampoco era de extrañar que hubieran pospuesto las visitas para cuando el tiempo acompañara. Rodeó el solitario patio por el camino de grava que conducía a la parte trasera del caserón, por donde entraba y salían el servicio y las provisiones. Tampoco allí vio más que a un par de criadas sacando agua del pozo, que no le prestaron la más mínima atención.

La puerta de la cocina estaba abierta, de modo que ató a la mula al abrevadero dispuesto allí para las monturas de los proveedores y se asomó. Dentro habían encendido ya algunos candiles para alejar la incipiente oscuridad, y olía a pan recién horneado y a especias. Había una cazuela de importantes dimensiones al fuego, podía oír el borboteo del contenido en ebullición. No había nadie. Estudió, desde la entrada, aquella habitación: solo la cocina era tan grande como su casa. Se preguntó si William estaría en el interior, pero alejó aquel pensamiento de su mente. Suspiró y se sobresaltó al notar un movimiento tras ella: eran las criadas, que entraban de nuevo cargando los cubos repletos de agua.

- Traigo la caza. - dijo, pero las muchachas solo le echaron un rápido vistazo y desaparecieron en el interior.

Resopló y regresó al carro para comprobar que la lona no se había desatado y descubierto la carne mientras esperaba. Afianzó los nudos por si acaso y sacó un poco de forraje de una bolsa para dar de comer al mulo. Era extraño que no hubieran acudido los mozos a por la carga para introducirla en los almacenes de la casa, pero no salió nadie. Resopló de nuevo, sentía las mejillas entumecidas por el frío, y se frotó las manos con fruición. ¿Dónde estaba todo el mundo? Brincó un par de veces para entrar en calor y caminó a lo largo dela pared de la mansión, en busca de alguien que pudiera indicarle qué hacer con la carne.

El muro estaba jalonado en toda su longitud con jardineras y macizos florales ricamente cuidados. En aquellos puntos en los que había ventanas, había también flores en el alfeizar. Cualquiera hubiera pensado, al describirlo, que aquello daba a la vivienda un aire agradable y festivo, pero pese a todo, la única palabra que se le ocurría era "sobrio". Y un poco tétrico también, aunque tal vez solo fuera lo que se decía de los Markov, regresando a su subconsciente. Se encogió de hombros, realmente poco le importaban mientras le pagaran la caza. Cuando se hubo alejado un buen trecho de la entrada de personal, regresó sobre sus pasos. No quería que saliera alguien y al no verla, volviera a entrar. 

El patio seguía desierto y el mulo comiendo tranquilamente su forraje. El cielo en el este ya era casi totalmente negro a través de las nubes: pronto se haría de noche y haría todavía más frío, y tenía que conducir el carro de vuelta, de modo que resopló, se frotó las manos y subió los tres escalones que llevaban a la puerta de la cocina.

- ¿Hola?- llamó de nuevo.

Nadie respondió y entró. Allí estaba oscuro, pero las velas alumbraban lo suficiente para distinguir los bordes de los muebles, y además el fuego sobre el que colgaba la caldera proyectaba un resplandor ambarino varios metros a su alrededor. Pudo distinguir múltiples armarios y al menos tres hornos de piedra. Una gran mesa de madera ocupaba el centro y estaba repleta de jarras y botes, y sobre los bancos de las paredes distinguió el resplandor de los utensilios de cobre. Había una puerta en la pared del fondo, y se acercó con cuidado de no volcar nada: tal vez aquella daba acceso al resto de la vivienda dedicada al servicio y encontrara a alguien.

- ¿Hola?- insistió, por si había alguien al otro lado. Nadie contestó.

Acercó la mano al pomo de la puerta, pero cuando fue a abrir le pareció oir el sonido de una voz amortiguada en dirección contraria. Se dio cuenta de que todavía llevaba la gorra aunque estaba en el interior de modo que se la sacó con premura. Encaminó sus pasos hacia el lugar del que había provenido el sonido, que parecía una pared desnuda, pero cuando se acercó, se dio cuenta de que en realidad se trataba de un mural que no cerraba en los extremos, sino que separaba la cocina de otro espacio.
Se asomó, estaba oscuro pero podía apreciar un resplandor en algún punto por delante de modo que se internó en el estrecho corredor. Era más corto de lo que pensaba, y de pronto, al volver una esquina, se sintió cegada por una luminosidad intensa y entrecerró los ojos para acostumbrarse de nuevo a la luz. Cuando pudo volver a mirar, reprimió una exclamación.

Se encontraba en un gran salón de paredes de madera oscura y decorado con cortinajes de pesado terciopelo color vino. Una inmensa lámpara de araña colgaba del techo, con docenas de velas prendidas, y lámparas de aceite alumbraban desde las paredes, una cada pocos metros, en los huecos desprovistos de cortinas. El techo se perdía en la negrura, pero le pareció intuir que también estaba decorado de algún modo, y en la pared sur vio una gran puerta de madera tallada y vidrieras, con pomos dorados y la misma "M" encadenada que en el portón de piedra pintada en la vidriera. Debía encontrarse en el recibidor de la vivienda, un recibidor que era diez veces la humilde cabaña donde vivía con su padre.

- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? - llamó, pero aunque quería alzar la voz, se sintió cohibida y acabó hablando en susurros.- ¡Traigo la caza!

Se internó un poco más en la sala y al mirar a sus pies vio que caminaba sobre una gruesa alfombra del mismo color y que parecía cubrir toda la sala y ascender la escalera.

La escalera...

En su corta vida jamás había visto algo semejante. Las escaleras que había visto hasta la fecha eran simples construcciones de madera, con barrotes por peldaños y finos pasamanos, si tenían, para sujetarse. Sin embargo, la que tenía en frente era tan grande que abarcaba todo el fondo del salón, ascendía varios metros en escalones bien tallados en madera oscura y un poco más arriba, se abrían en dos inmensos brazos que desaparecían en la planta superior. Entre ambos brazos, una inmensa vidriera resplandecía con los últimos rayos de sol y comprendió que el salón debía estar orientado al este. La balaustrada, porque aquello no era una simple barandilla, brillaba, finamente pulida, y terminaba en una hermosa talla de la madera. La alfombra roja, ahora lo veía, parecía derramarse desde lo alto de una exótica cascada de sangre, saltando de peldaño en peldaño como las aguas traviesas del arroyo, para acabar inundando el salón. El efecto era sobrecogedor.

Un carraspeo sonó a su espalda y se volvió, sobresaltada.

Se trataba de un hombre joven pero mayor que ella, de mediana estatura, vestido con algo parecido a una túnica. Era de complexión delgada y el rostro, finamente tallado, estaba enmarcado por una melena corta de color oscuro. La manera de apoyar el peso sobre las piernas le daba un aire arrogante y una sonrisa torcida asomaba a sus labios. Algo en su mirada hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Automáticamente decidió que aquel hombre no le gustaba.

- No es muy inteligente entrar furtivamente en casa ajenas - dijo él con sonrisa despectiva y estudiándola con poco disimulo- Y mucho menos en esta.

Cybil bajó la mirada, por poco que le gustara, aquel hombre tenía razón. Además, algo le decía que era peligroso... Se reprimió para no gruñir. Su mirada buscó la puerta.

- Cerrada - dijo él adivinando sus pensamientos, una sonrisa lobuna asomó a sus labios mientras extraía algo de su bolsillo.

- No quería molestar... - repondió, tensa-  Traje la caza, esperé fuera, pero no...

Distinguió lo que el hombre sostenía en la mano: una llave broncínea de gran tamaño. De pronto, arrojó la llave a sus pies, como quien arroja un filete a un perro amaestrado. Cybil miró la llave en el suelo con incredulidad y alarma.

- Adelante, cógela.

Alzó la mirada y se centró en aquel energumeno. ¿Qué clase de juego era aquel? No le gustaba su sonrisa autosuficiente ni su mirada llena de mofa.
Había un brillo en sus ojos no del todo cuerdo y sintió como sus alarmas se disparaban ¿Qué clase de enfermo...? Se dio cuenta de que había empezado a enseñar los dientes.

Unos pasos resonaron en la sala.

- ¡Ah! ¡Estás aquí!- dijo una voz firme.

Relajó el rostro y se volvió para ver a un hombre en la entrada del corredor de la cocina. Vestía un impoluto traje negro y guantes blancos y la miraba con reprobación.

- Llegas tarde. ¡Vamos!

Se volvió para mirar al hombre joven, pero había desaparecido ¿Donde se había metido? No le había oído llegar, tampoco marcharse y aquello no le gustaba. Volvio a mirar al recién llegado, confusa. El hombre la inspeccionaba con mirada crítica.

- Eres la hija de Harold ¿No?-inquirió. Debía de tratarse de algún sirviente de alto rango.

Cybil asintió.

- ¿Cómo te llamas? - de pronto, le parecía menos hostil. O tal vez no lo hubiera sido en absoluto. Tal vez solo la había enervado la presencia del otro hombre.

- Cybil, señor-respondió, y añadió- Hunter.

El hombre del traje arqueó una ceja con desdén.

- Eso es evidente- se dio la vuelta para desaparecer por el corredor de la cocina- Yo soy Jeeves, el mayordomo de la casa. Vamos.

Familiares y conocidos